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Especial: ¿Acaso no nos hemos cansado todavia de aguardar el regreso de El Tenazas?


Especial: ¿Acaso no nos hemos cansado todavia de aguardar el regreso de El Tenazas?




Revista La Flamenca: nº 12 /año 2005 Septiembre Octubre / José Luis Ortiz Nuevo
Este texto fue escrito para el libro del Concurso de Córdoba 2004 y la censura no lo consintió. Se publica tal cual con un breve añadido -obligado- por mor de la quinta llave.

tenazas

Dicho sea con todo el respeto y con la mejor intención de fijar una postura clara y razonada que propicie -si se considera oportuno- el debate:

Honestamente, si quieren que les diga mi verdad -lo que yo pienso- no encuentro razón de utilidad al Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba según se viene celebrando. Así lo considero. Porque arrastra -como herrumbrosa carga- los lastres de su pasado fundacional y -pese a las tímidas y puntuales modernizaciones que ha tenido- se sigue -a mi modesto parecer- cimentando en los mismos erráticos principios -estériles ahora más todavía- que sustentaron la famosa convocatoria granadina de 1922 y otras subsiguientes de aquellos años, de tenor idéntico; así como la originaria suya de 1956 y cuantas vinieron y han venido desde entonces hasta hoy en día:

¡EL CANTE ESTÁ EN PELIGRO!

¡Es mester ver! Desde 1881, cuando el señor Demófilo lo dijo por mor de Silverio Franconetti, esto está en peligro. Y está perdiéndose. Desvirtuándose. Adulterándose. Corrompiéndose. Por eso hay que salvarlo. Conservarlo. Separarlo del Mal. Mantenerlo Puro tal como Es, tal como Fue. Preservarlo de toda Mancha.

Sí, ese fue, ese ha sido, y ese es, el primordial y más profundo soporte del Concurso. Tratar de que no se pierda, de que no se olvide, de que no se transfigure…

Porque la filosofía que amparó su existencia -y aún persiste en los momentos actuales, en la cabeza de muchos-, es la que concibe la historia del arte como un proceso de descomposición de valores, y no como un camino abierto a los hallazgos y a los yerros.

Así fuéramos -tal como somos, o quieren que seamos- en una lucha constante: la perpetua batalla entre el principio sagrado de lo prístino original y las perniciosas, sucesivas oleadas de lo moderno que corrompe y degrada.

Lo proclama el oráculo que gime y -como los mismos cantaores suelen-, se complace haciendo el recuento de las pérdidas y no el de las ganancias; el que lamenta de continuo -y en clave de monomanía- la desaparición del tiempo que se fue, así hubiese sido el paraíso:

Aquel imaginario, mítico y primigenio edén de la que se llamó “etapa hermética”, buscaron afanosamente, por sus años de fundación, cuando sirvió como bando de guerra y declaración de doctrina de uno de los bandos y de las doctrinas que entonces se esforzaba por alcanzar el trono de la llave de oro -Todas cuántas se concedieron fueron interesadas y útiles, en mayor o menor medida, a sus “propietarios”. Todas, con justificación jurada o sin ella, fueron arbitrarias, como no podía ser menos, ni de otra manera. Esto es un arte. No una religión ni una secta que precisa un profeta que la guíe ni un pontífice que la gobierne-.

La primera fue un regalo, una anécdota transmitida por la tradición oral, más que nada una leyenda de prestigio; se la dieron a Tomás el Nitri. La segunda un desagravio, un obsequio de la profesión a Manuel Vallejo por haber perdido en un concurso que tendría que haber ganado. La tercera una toma del poder, una magnífica farsa teatral digna del extraordinario fabulista Antonio Mairena. La cuarta, póstumamente otorgada a Camarón, un abuso de autoridad, una intromisión de las demagogias políticas en alianza con intereses mercantiles. Y la quinta, dada a Fosforito, otra ración más de lo mismo, con ribetes de caridad.

Cada uno de los cinco agraciados fueron en verdad artistas extraordinarios, colosales, magníficos… y merecían la gloria que tienen, más imperecedera aún que los propios metales, incluso que el oro. Eso nadie lo duda ni lo pone en entredicho.

El problema es cuando la llave se convierte en un símbolo de poder omnímodo y ejerce la dictadura de su convicción y sus criterios, cualquiera que sea la convicción y cualesquiera que sean los criterios. Da lo mismo. Eso siempre es pernicioso. Estorba a la diversidad y a la riqueza múltiple del cante.

Porque un arte tan grande, tan complejo, tan difícil, no puede tener una sola dirección ni un sólo manual ni una corriente única, a no ser que se manipule su realidad y se la disfrace con los fatuos ropajes de una caduca y trasnochada monarquía absoluta.

De ahí que -en los dos últimos casos- la cosa sea más perjudicial y más grave, pues ha sido directamente el poder político -con sus servidumbres y sus miserias- quien se ha implicado en la cuestión, avalado por un derecho de propiedad adquirido en el registro de marcas y patentes que para nada le confiere competencia cabal en el asunto.
Se instituyó con la firme voluntad de declarar -urbi et orbe- única sagrada y verdadera a una de las opciones en pugna, a una determinada manera de interpretar -en todos los sentidos de la palabra- el cante, sobre todo el cante; considerado la columna vertebral -sustancia- de la criatura.

Esos fueron sus orígenes reconocidos y esos sus comienzos. Y sirvió -en el lado de lo bueno- para poner en valor -de nuevo ante los públicos- ciertas formas clásicas del género que habían sido excluidas de los escenarios en épocas recientes.

En su formidable empeño regenerador contó con el auxilio y el apoyo del poder político, que era lo que era entonces… y tomó partido. Verl´ahí como se aproximan y colaboran los pensamientos que se pretenden únicos, las dictaduras de una y otra naturaleza.

Pasado el tiempo, por mor de los cambios sociales y haciendo buena la máxima de Lampedusa -esa de vamos a cambiarlo todo para que todo siga igual-, sus bases ampliaron el espectro de los modelos estéticos, dieron más espacio al baile, poco a la guitarra, y engloriaron juntos a nombres que años ha no podían pronunciarse ni escribirse en paz a la vera los unos de los otros. Eso estuvo bien, fue justo moral y valiente, pero no suficiente.

El campo de juego seguía -y sigue- siendo el mismo. Ciertamente inservible para atraer expectativas de lo extraordinario o lo trascendente, siquiera para lo útil. Mantenido en la trillada rutina de lo acostumbrado y preso todavía de una obsoleta obsesión que ya ha mucho -para cuantos la abandonamos- dejó se serlo.

¡EL CANTE NO ESTÁ EN PELIGRO!

No necesita salvadores ni doctores que lo cuiden porque está la mar de sano. Necesita amor y aliento más que juicios sobre la manera de interpretar los cánones antiguos. Necesita artistas competentes y afición que los siga. Y lo mismo le son necesarios los conservadores que cuidan del huerto como los creadores que amplían y hacen crecer sus horizontes.

Cuando se convoca -como se hace en el Concurso- a tantos cuántos quieran probar… ¿Eso, para qué sirve? ¿Qué sentido tiene? ¿Acaso no nos hemos cansado todavía de aguardar el regreso de El Tenazas? ¿O tal vez pretendemos resucitarlo, que vuelva y venga andando de veras desde Puente Genil a Córdoba?

Esto y otras cosas suyas -de procedimiento y formas- descubren un modelo que se representa y sustancia a modo de museo etnológico abierto cada tres años por unos días en el mes de mayo y que luego se vuelve a cerrar.

Quien -además de los museos- puede disfrutar de lo hermoso que aún no ha entrado en ellos, desearía que Córdoba se asomara también al balcón de la modernidad; que descubra y condecore no sólo a ilustres recuerdos del siglo XIX sino a huellas de las ya magníficas que se están dando a lo primero del XXI, mirando al XXII; y que lo haga con la siempre resplandecida sabiduría de Séneca y el seductor vuelo de Zyriab que la enamoró de música.




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