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Especial: Un rostro cansado, un alma viva


Especial: Un rostro cansado, un alma viva




Revista La Flamenca: Revista nº 15 / año 2006 Mayo Junio

Conocí” a Carlos Lencero en septiembre de 2004, en el stand con que contó esta revista en la edición de la Feria Mundial de Flamenco de aquel año, y tendrán que aceptar el uso de las comillas, porque lo cierto es que no le conocí personalmente. De hecho, nunca nos encontramos cara a cara. Recién llegado al mencionado evento, me hice con un ejemplar del último número de La Flamenca y, nada más abrirlo, apareció el rostro de Carlos, enmarcado junto a una de sus colaboraciones. Me volví a mi redactor jefe y le interrogué: “¿desde cuando trabaja con nosotros Charles Bukowski?”. El compañero captó la broma y respondió algo así como “pues no andas mal encaminado”, aclarándome que, si bien su algo castigada apariencia se debía fundamentalmente a la larga lucha con una terrible enfermedad, no faltaba en él un componente bohemio y dionisiaco que le emparentaba, en cierto sentido, con el genial escritor y poeta norteamericano.

De un modo u otro, tenía que conocer a aquel tipo, y lo haría tres meses después, eso sí, por teléfono. Carlos acababa de publicar Sobre Camarón. La Leyenda del Cantaor Solitario, basado en la incuestionable autoridad de quien conoció a José Monge Cruz y tuvo incluso el privilegio de componer para la inefable garganta, y a tal efecto se me encargó entrevistarle. La conversación, fluida y amistosa, reveló afinidades mutuas y también me permitió confirmar, de primera mano, que el paralelismo entre estos dos rapsodas de lo urbano, estos dos tocayos transatlánticos (el mismo Lencero hablaba de Camarón como un posible personaje bukowskiano) no se me había antojado gratuitamente. Prometimos, entonces, volver a encontrarnos, pero la esperada coincidencia nunca se produjo.

La obra periodística de Carlos me abrió una nueva perspectiva del mundo del flamenco, que barría por completo los tópicos de señoritingos vividores, turistas mitad deslumbrados y mitad enajenados y explotados proletarios del arte. Lo que Lencero contaba estaba más próximo al ambiente de los viejos clubes de jazz de Nueva York, Chicago o Nueva Orleáns, esas mismas atmósferas humosas y etílicas, pero también descarnadamente auténticas, que con tanto acierto reflejó Clint Eastwood en su película Bird. El flamenco de Lencero era el de aquellos que aman hasta la médula un arte popular y comulgan con la necesidad de frecuentar las maneras y los modos de una bohemia visceral, donde el cante es risa y llanto, y nunca una pose llamada a epatar a la audiencia. En esas nubes de humo, entre esas copas vacías y amontonadas y las ocasionales vaharadas de sudor humano, hay más arte que en cuarenta teatros juntos, y el cronista (pues para mí fue, ante todo, un cronista) lo sabía de sobra. Sus ojeras eran el precio a pagar para que otros, con la cara lavada, pudieran leer el alma del flamenco en caracteres inteligibles.

Con Lencero no sólo se va un escritor, un poeta, un compositor, un periodista, un personaje. Con él, también muere un poco otra forma de vivir nuestro arte y hacernos partícipes de la experiencia. A partir de ahora, para saborear ese flamenco auténtico y compulsivo, tendremos que dejar que la camisa se impregne de los efluvios del vino y el tabaco, o bien esperar que sean otros los que trasnochen y nos lo cuenten. El problema es, sencillamente, que ninguno lo contará como Carlos.




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