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Reportaje: Geografía Flamenca: El Flamenco en Lebrija


Reportaje: Geografía Flamenca: El Flamenco en Lebrija




Revista La Flamenca: nº 9 /año 2005 Marzo Abril/ José Maria Castaño. Foto:José Albadalejo Ros

lebrijanoEnclavado en la mitad del antiguo camino Real, que une Sevilla con Cádiz, este hermoso pueblo sevillano es un enclave privilegiado de virtudes flamencas y una de las cunas más importantes en la génesis y desarrollo de la historia de lo jondo. Sus cantes están muy asociados a una importante gitanería que irradió y compartió sangre y modos de vida con las cercanas poblaciones de Jerez y Utrera. Tanto, que haciendo un breve repaso a la genealogía flamenca del barrio de Santiago de Jerez es raro no encontrarse con alguna raíz lebrijana, como son los casos de la familia Sordera o de la familia Carrasco, entre otras. En Utrera, igualmente, gracias al establecimiento allí de Pinini quien formó un importante clan con ramificaciones entre ambas poblaciones. La cercanía y las extensiones de campos agrícolas que besan los tres vértices han producido un continuo flujo y asentamientos diversos de las mismas familias, caso parecido se produce con la vecina Cabezas de San Juan.

En un principio, Lebrija mantuvo más en el ámbito doméstico sus propuestas jondas que otras poblaciones. Pero el rigor nos obliga a citar a un cantaor primigenio llamado Diego el Lebrijano, artista nacido en 1847, y del que según cuentan las crónicas de la época era un especialista en cantes tales como la toná, la siguiriya, la caña y la soleá.

Más tarde, desde Jerez, llegaría una figura clave en la configuración de los cantes lebrijanos. Me refiero a Juan Moreno Jiménez, apodado como “Juaniquí”, que nació en la ciudad del vino el 18 de marzo de 1862, pero estuvo muy vinculado a los campos de Lebrija y sus alrededores. Era compadre de Joaquín el de la Paula y falleció en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) en 1946. A partir de Juaniquí se puede hablar de soleares de Lebrija, aunque muy emparentada con las formas jerezanas. Casi a medio camino. La labor de este gran cantaor, en opinión de los Soler, fue la de imprimir un sello inconfundible a algunos estilos de la Serneta y Triana. De ahí, una de las características fundamentales de este tipo de soleá con tercios cortos y fuertes subidas tonales en los últimos. A Juan Moreno se le atribuyen hasta cuatro recreaciones de soleá.

De aquella época también fue Fernando Peña Soto, apodado como “Pinini”, que nació en Lebrija el 16 de mayo de 1863, aunque más tarde se trasladara a Utrera. A él se le debe una especial suerte de cantiña con tufos de romera y un impresionante patriarcado flamenco que llega a las conocidas Fernanda y Bernarda de Utrera, nada menos. Un hijo de “Pinini”, Benito Peña Vargas, fue un extraordinario cantaor y bailaor, consumado intérpretes de soleás y siguiriyas, quien cuentan rivalizaba con el propio Manuel Torre. Otra Peña Vargas fue Fernanda la de Pinini, hermana del anterior, quien al casarse con Juan peña “Funi” devolvió parte de la dinastía a Lebrija. Es el continuo flujo y reflujo entre ambas poblaciones que he señalado.

No obstante, para narrar la actualidad del flamenco en Lebrija necesariamente hay que acudir a dos familias de rancio abolengo cantaor. Por un lado, la familia de los Peñas, que ya he mencionado al referirme a Pinini y, por otro, la familia de los Bacán.

Antes es justo reseñar artistas como El Lagaña, José Vargas, Antonia Pozo (a quien se le atribuye una suerte de bulerías), La Rumbilla, La Perrengue, La Moreno y El Chozas. Éste último, todo un personaje que nación en Lebrija pero se recrió en los campos más cercanos a Jerez. José Vargas Vargas, que así se llamaba, nació en esta población el 30 de agosto de 1903, donde fallecería en 1974. Anárquico cantaor que, con ciertas poses anárquicas, continuó con las formas de Juaniquí y una bulerías muy cantadas en la actualidad por los lebrijanos.

Pero el desarrollo dinástico de Lebrija en el cante, debe mucho a nombres como los de María Fernández Granados “La Perrata”, hermana de El Perrate y tía de Gaspar de Utrera, quien al casarse con Bernardo Peña, un corredor de ganado lebrijano, se estableció en Lebrija. De este matrimonio parte una saga importantísima que se concreta en los nombres de Pedro Peña y Juan Peña “el Lebrijano”, hijos, y de David Peña “Dorantes”, nieto.

Juan Peña Fernández, “El Lebrijano”, es el artista más universal en la nómina que ha contado esta población. Muy pronto se convirtió en una auténtica figura que pasaría a liderar cuantos festivales flamencos se han hecho en Andalucía. A él también hay que reseñarle una personal visión del flamenco que cristalizó en una fusiones con la cultura del Magreb muy interesantes y una serie de obras discográficas, hoy ya emblemáticas como “La Palabra de Dios a un Gitano” o “Persecución”. Posee los más importantes galardones como los premios de Mairena del Alcor, “El Gloria” en la Fiesta de la Bulería de Jerez, el Premio Nacional de Cante de la Cátedra de Flamencología… y reconocidas medallas y distinciones de administraciones públicas como la Junta de Andalucía. Junto a él, docto en conocimientos de su gente está su hermano Pedro Peña, guitarrista y padre de David Peña “Dorantes” toda una figura actual del piano flamenco.

A parte de “Lebrijano” hay que citar toda una torrentera flemenquísima en los nombres de los Bacán, desde Bastián, al tristemente desparecido tocaor Pedro Bacán (primo de los anteriores) y su hermana Inés Bacán, conservadora perenne de los modos cantaores lebrijanos. La bailaora Concha Vargas, el personalísimo Miguel “El Funi”, el completísimo y laureado Curro Malena o Manuel de Paula. Nombres que hoy tienen justo heredero en la voz de José Valencia, una de las más interesantes voces del panorama actual, quien es frecuentemente reclamado tanto por las compañías de baile más importante como para actuar en solitario.

No sólo Lebrija, sino toda la historia del género jondo en general debe muchísimo a estas dinastías hermanadas en ese son “romanceado”, algo ralentizado tan característico de esta zona cantaora, y que se puede disfrutar en bulerías, soleás por bulerías y soleás, amén de algunas formas cantaoras como el fandango por soleá o la siguiriya.

También hay que resaltar la labor de la peña Pepe Montaraz y de muchos cortijos de alrededor que son foco actualizado de las más profundas y antiguas vivencias flamencas de este pueblo. Una visita obligada, al igual que la peña flamenca Fernando “el Herrero” de la vecina Cabezas de San Juan.

Lo que tampoco tiene perdón es perderse, si se está de paso por este territorio jondo de tan grandes valores, la anual cita con la “Caracolá Lebrijana”, uno de los más importantes festivales flamencos que tienen lugar en toda la geografía andaluza. Cada año, a su albur, se reúnen las más significativas voces locales en un rito anual, cuasi sagrado.




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