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13/03/10
De la fuente de la Albarizuela, donde iba el Tío Luis de la Juliana a rellenar sus cantaros para vender el agua con el que se ganaba la vida mientras cantiñeaba, tiene unas calidades que desconocemos, pero quien la bebe se ve que le produce unas capacidades flamencas fuera de lo habitual. Y eso puede ser que le ocurriera al bailarín/ bailaor Fernando Belmonte. Su figura ha sido el motivo del espectáculo que clausuraba la decimocuarta edición del Festival de Jerez. Trabajando codo con codo con Joaquín Grilo, han puesto en escena la vida de este artista de artistas y maestro de maestros. El montaje, que toma muchos elementos escenográficos de anteriores puestas en escena del Grilo, va narrando los acontecimientos más significativos de la vida artística y personal de Fernando Belmonte. Dichas etapas son representadas por los también bailaores Fernando Galán, Christian Lozano y Ángel Muñoz. Etapas tales como la llegada de Fernando a Madrid donde se incorpora en la compañía de Antonio El Bailarín, su servicio militar en el Sahara, su trabajo junto a esa diva del clásico español llamada Victoria Eugenia y su posterior regreso a su Jerez natal, donde en la calle Bizcocheros fundó su estudio de danza y el Ballet Albarizuela.
La banda sonora de la noche fue muy diversa, desde Falla a Albéniz, pasando por los lecos jondos de los martinetes, fandangos, farruca y seguiriya en las voces de Carmen Grilo, José Antonio Núñez y José Carmona. El homenajeado mostró sus cualidades con los palillos, y pese a contar con setenta años, exhibió una estupenda forma física por alegrías junto a las bailaoras invitadas, fruto de su escuela, tales como Ursula López , Alicia Márquez y Charo Espino. El momento más emotivo de la noche fue el baile de la chiquillería que rememoraba los inicios de su escuela y la soleá que se bailaron Grilo junto al homenajeado. El espectáculo ha sido elegido como el mejor del festival según el publico, que en esta ocasión era mayormente jerezano.
12/03/10
La
penúltima gala en el Teatro Villarmata sirvió para que el bailaor
Rafael Campallo le rindieira un homenaje al barrio que le vio nacer. Y
que mejor manera de hacérselo, que con la jondura que derrochó. El
bailaor llevaba algún tiempo clamando con un sitio este gran coso
flamenco, y el montaje le ha dado la razón. Aunque venía de estrenar el
espectáculo en el Festival Mont de Marsan, bien lo podía haber hecho en
Jerez, pues se lo merecía. Con una puesta en escena minimalista vino a
ofrecernos lo que sabe hacer, es decir, bailar flamenco. Rodeado de
unos buenos cantaores atrás como son Jeromo Segura, Javier Rivera y El
Londro, junto a las sonantas de Juan Camapallo y Eugenio Iglesias, más
la percusión de Antonio Montiel, el trianero nos deleitó con sus
cimbreos por tientos.
Igualmente mostró la sutileza de la galantería hecha baile en un paso a dos junto a su hermana Adela por alegrías, la cual también lució con brillo propio por soleá. Y no podía faltar el regusto que supo buscar a las coreografías junto a su escueta compañía por tanguillos, bulerías, martinete y seguiriyas, la cual estaba formada por Marina, Aroa, David Pérez y El Choro. No hacen faltan grandes alardes escenográficos y complejas tramas argumentales para exhibir un buen programa como el ejecutado por Rafael Campallo, haciendo gala de su sabidurí flamenca y el respeto por ese barrio trasguadalquiveriano, otra de las grandes cunas jondas.
Esta jornada concluyó con una visión mas moderna del flamenco de la mano de Los Delincuentes y Tomasito en la sala Paul. Los mismos afilaron sus guitarras eléctricas para dar rienda suelta al lado más salvaje de este arte, donde los más jóvenes, y no tan jóvenes, no paramos de brincar durante la actuación emulando con nostalgia aquella época en la que vio la luz ese género en peligro de extinción que es el rock andaluz.
10/03/10
Muy
en la onda postmoderna donde el límite entre disciplinas artísticas se
diluye, Fernando Romero acudió el pasado miércoles al primer escenario
del certamen –el Villamarta- con una propuesta muy
arriesgada y compleja,“Historia de un soldado”. El montaje integraba
además de contadas piezas de la obra de Stravinsky de la que toma
prestado el argumento, proyecciones audiovisuales, interpretación,
diálogos jocosos, dosis de humor, buenos detalles dancísticos
–desplegados tanto por el protagonista como por el maestro Manolo Marín
en el papel de diablo y por la sensual princesa que encarnó Isabel
Bayón- y una música electrónica de fondo, inquietante que aturdía,
entorpecía el seguimiento de la trama y tapaba a los cantaores. Pero no
fue éste el único desacierto que la obra presentó. Su desarrollo fue
además denso y farragoso, hubo quién abandonó la sala antes de tiempo
más atraído por los minutos finales del partido de fútbol que por lo
que allí se estaba contando.
A su favor, el ramillete de estilos que se introdujeron -saeta, milonga, solea, bulerías, cantiñas, siguiriya, tanguillo y tango y una breve ronda de tonás con los cantaores atravesando el patio de butacas –. También fue acertada la adaptación de las letras al hilo argumental de la obra. Los cantaores-narradores –Juan José Amador y Miguel Ortega- dieron muestras de gran versatilidad y superaron con nota la tarea, no exenta de riesgos, que se le había encomendado.
Mimbres había pero el resultado fue decepcionante. Quizás ciertas modificaciones, - dar mayor protagonismo al cante y al propio baile en detrimento de elementos superfluos por ejemplo- salvarían la obra y contribuirían a poner de manifiesto la verdadera dimensión de este bailaor.
Texto: Julio de Vega
10/03/10

Si en jornadas anteriores se habían podido saborear en el Palacio de Villavicencio los caldos más jóvenes del cante jerezano, en la tarde del miércoles 10 de marzo el salón noble se inundó con los aromas cantaores de un VORS, Luís el Zambo. El santiaguero conectó con el público y emocionó a pesar de que su amplitud tonal no fue la de otras veces. Tiró de veteranía y logró imprimir el retrogusto del oloroso seco a su cante por siguiriyas. Sirvió copas de manzanilla fresca en su generosa ronda de fandangos. Algunos tragos de sus bulerías finales supieron a fino seco y punzante. Otros a los recuerdos almendrados del amontillado. La hábil sonanta de Fernando Moreno oxigenó el vino cantado de Luís derramando cual venencia sus aromas y matices sobre el cristal opaco de la sala sin amplificar. Una cata intensa, plena de sabores y sensaciones que nos hizo evocar la letra por bulerías de Miguel Poveda.
Texto: Julio de Vega
3/03/10

La obra que estrenó Andrés Marín el pasado miércoles en el Villamarta estuvo cargada de simbolismo, intenciones y mensajes, algunos no del todo claros, todo sea dicho. Pero dicen que en el arte tampoco hay por qué entenderlo todo, basta con que emocione, inquiete, provoque. Y en eso el espectáculo no se quedó corto. El sevillano sirvió su baile geométrico, anguloso y cubista trufado con buen cante –la voz telúrica de Lole, el sabor dinástico del de la Tomasa y sus habituales José Valencia y Pepe de Pura- y con instrumentaciones poco frecuentes en terrenos flamencos –laúd, marimba, clarinete y tuba- que dotaron de dramatismo, fuerza y, por momentos, jocosidad a todo el discurso escénico. El paso a dos de Andrés y Concha Vargas por romances por bulerías quedó clavado en la memoria de todos. Un momento de gran intensidad en el que el contraste entre las dos formas de entender el baile fue sencillamente sobrecogedor. Con la marcha Amargura de Font de Anta y el escenario convertido en una suerte de mesa de palio con candelería incluida a ambos lados, el baile de Andrés se tornó aún más provocador. Tocado con capirote y vestido con un peto que nos hizo recordar a los procesados por la Inquisición, el sevillano zarandeó las conciencias de los allí presentes, arrancó la risa nerviosa del público e incluso algún comentario airado. El espectáculo –“La pasión según se mire”- constituye un avance en el proceso de complejización intelectual del baile de Andrés, la materialización de la pasión que el bailaor tiene por este arte.
Texto: Julio de Vega
1/03/10
Farruquito
personifica el baile racial, el baile gitano, la pureza que infunde la
sangre. En los títulos de la propuesta, tanto en el original -“puro”-
como en este remake -“esencial”-, así se explicita. No obstante, en el
espectáculo que puso en escena en el Villamarta se evidenciaron
contradicciones y paradojas comunes a otros discursos de autenticidad.
Nos resultó auténtico, un verdadero placer para los sentidos, verlo
bailar por soleá. Nos pellizcó por alegrías, especialmente cuando se
paró y templó pero en otras fases su baile se tornó un tanto repetitivo
y vano. Los saltos y piruetas marca de la casa y ese trabajo de pies de
vértigo llegaron a ocultar la estructura y el aire de los estilos que
eran simplemente apuntados. Aún así, vimos al bailaor más pausado que
otras veces y entiendo que por eso también nos transmitió más.
Los números de transición –es uno de los problemas que ocasiona un espectáculo tan personalista- se hicieron largos, especialmente los tangos que a la limón y con coros al estilo factoría Isidro Muñoz hicieron la Tana y Encarna Anillo. Las guitarras de Antonio Rey y Román Vicenti estuvieron a un gran nivel.
El espectáculo satisfizo y mucho al respetable. El tirón mediático, el poder simbólico e iconográfico que posee para la comunidad gitana y sus hechuras de excepcional bailaor explican su éxito y la legión de incondicionales e imitadores que posee . Nos quedamos con el auténtico e incluso con sus contradicciones.
Texto: Julio de Vega
1/03/10
El
papel todo vendido, el salón del Palacio Villavicencio a reventar.
Muchos nervios, mayor expectación. Jesús Méndez entró en la sala con
porte elegante, el público se puso en pie y lo recibió con una sonora
ovación. Al joven cantaor pareció sorprenderle la acogida que le
tributó la audiencia, agachó la cabeza, respiró hondo y cargándose de
valor y fuerza hizo su camino hasta el escenario. La responsabilidad
era grande.
Principió cantando a palo seco, romance de Bernardo del Carpio rematado con el pregón de Macandé. En la primera entrega y a pesar de los nervios, consiguió ya conectar con los asistentes. Moraíto entró entonces en acción e introdujo unas alegrías. El soniquetazo y los jaleos del Bo, Manuel Salado y Manolito de la Mini hacían que Jesús fuera sintiéndose más a gusto. Le dedicó el recital al ya añorado Fernandito Terremoto e hizo una Malagueña. Fue en este estilo donde sentimos al cantaor menos inspirado. Se metió después por soleá apolá, la de Charamusco, evidenciando así influencias del maestro de los Alcores. En la siguiriya fue donde su cante alcanzó mayor enjundia. Variantes atribuidas a Frijones y Manuel Torre rematadas con la cabal del Loco Mateo en la versión que inmortalizara el Serna. Fue en la salida a la ronda de fandangos y en la variada ronda de bulerías de cierre donde se le dejaron notar más los aires de su gente, caracoleros y de San Miguel.
Un recital completo, que fue de menos a más, donde además del cante excepcional del joven Méndez se pudo disfrutar de la sonanta unpluggued de Moraito que con sus falsetas de siempre fue capaz de transmitir una vez más nuevas y hondas sensaciones.
Texto: Julio de Vega
27/02/10
En
los últimos años los maridajes artísticos entre las poblaciones de
Cádiz y Jerez se están prodigando con resultados cuanto menos
prometedores. Si en la edición pasada fueron Pili Ogalla y Juan Antonio
Tejero los que escenificaron un hermanamiento entre bahía y campiña, el
pasado sábado 27 fueron Mª José Franco -también bailaora y gaditana- y
su compañero sentimental Juan Manuel Moneo -jerezano como Tejero- los
que estrenaron su espectáculo en el coliseo jerezano. “Al compás del
viento”, que así se llama la propuesta, propone un paseo por dos
universos tan antagónicos como complementarios, Cádiz y Jerez, el
espacio vital y creativo a través del cual transcurre la vida y el
baile de Mª José Franco. Una propuesta sencilla, basada en lo
tradicional, que mostró ciertos altibajos,, bien iluminada y con
arreglos musicales de muy buen gusto. Mª José se esforzó, con desigual
suerte, por dar muestra de su saber interpretativo. La soleá fue el
estilo donde el baile de la gaditana alcanzó mayor altura. Entre los
argumentos más sugerentes de la obra estuvo el cante de Luis Moneo y,
por fases, el de Carmen Grilo. Confiamos en que cuando Mª José se
deshaga de la tensión y los nervios propios del estreno sea capaz de
encontrar su mejor baile y termine así de cuajar esta prometedora
propuesta.
Texto: Julio de Vega
27/02/10
El
ciclo `Con nombre Propio´ se inició ayer sábado en la Sala Compañía con
la actuación de la Truco. En esta ya su tercera participación en el
Festival de Jerez, la bailaora madrileña puso en escena un espectáculo
medido, bien equilibrado en el que desplegó virtudes de bailaora
completa. Derrochó dulzura y ágil manejo del mantón en las cantiñas de
inicio –cante de la Rosa y alegrías de Córdoba-, mostró muy buena
compenetración en el complejo paso a dos que hizo con su artista
invitado Joaquín Ruíz, metió los pies con mesura, limpieza y
musicalidad, se tornó sensual en los tangos de remate del taranto, se
paró y gustó en la soleá e imprimió carácter a las bulerías de cierre.
La introducción de instrumentación ajena a la tradición flamenca vino a
enriquecer el discurso musical del espectáculo si bien es cierto que el
uso del platillo fue excesivo en algunos tramos del mismo. En la parte
cantaora resaltó Sara Salado por seguiriyas y en las bulerías de
transición, especialmente cuando se acordó de la Paquera y la Perla.
`Pa mis adentros´ fue un espectáculo que dejó ver las cualidades y el saber hacer de su creadora y el legado bailaor de uno de los epicentros de la danza flamenca, Amor de Dios.
Texto: Julio de Vega
26/02/10

Arrancó anoche la decimocuarta edición del Festival de Jerez con una sentida ovación a la figura del tristemente desaparecido Fernando Terremoto. Tras el emocionado recuerdo, la superproducción del ballet Flamenco de Andalucía “Poema del cante jondo en el Café de Chinitas”, una nueva revisión del universo lorquiano en la que se combinan versos musicados de este poemario con las canciones populares que el autor granadino recopiló y grabó en 1931 con la Argentinita. Todo un despliegue de medios técnicos y escenográficos que entretuvo al público aunque sin llegar a alcanzar momentos de verdadera intensidad artística y emocional.
La recreación del mítico Café de Chinitas malagueño fue sin duda uno de los aspectos más logrados. Sobre las tablas del coliseo jerezano se había colocado un pequeño escenario de inspiración modernista que quedó reservado a la interpretación de los estilos más ortodoxos –seguiriya, soleá, saeta y petenera-. Entre éstos destacó la saeta que nos brindó Vicente Gelo, sin duda alguna uno de los pasajes más intensos de la obra. El resto del espacio escénico quedaba cerrado por una cristalera con predominio de espejos verdes. Frente a ésta, un nutrido cuerpo de baile que reunía a los distintos tipos humanos que frecuentaban este tipo de ambientes interpretaba las canciones populares ya mencionadas a modo de coreografías grupales, pasos a dos y a tres o solos, todas muy similares y un punto reiterativas. La directora del Ballet cedió protagonismo a los miembros de su compañía y su participación se limitó a puntuales apariciones que vinieron a elevar, si quiera levemente, el tono del espectáculo. Durante la interpretación del Zorongo, la Hoyos se subió a una mesa y, rodeada por el sector masculino de su cuerpo de baile, compuso figuras de gran belleza que nos recordaron la iconografía de los cafés cantantes que se aprecia en cuadros y fotografías de época.
En definitiva, un espectáculo largo –rondó las dos horas-, algo efectista y plano que, a pesar de todo, fluyó más o menos bien pero que careció de la emoción e intensidad que se demandan de un montaje de estas características y presupuesto.