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Sin entrar en un análisis global de este evento -defendido, apoyado y divulgado desde el principio por colectivos y personas, entre las que me cuento-, que a la postre ha resultado largo, excesivo, pretencioso y mal organizado, y del que no podemos negar su oportunidad artística, por cuanto ha servido de revulsivo a una "Málaga Cantaora" que llevaba mucho tiempo casi muda, nos detenemos en tres de sus espectáculos más señalados por los organizadores, "Málaga", "A mi tierra" y "Dos generaciones", pues se han producido, montado y estrenado para este festival que nace para volver cada dos años, aunque es más que probable que con características muy distintas ya que el fondo y la forma de esta primera edición sólo han contentado a los artistas que más han trabajado, a los nostálgicos, que lejos de situar su concepto estético del flamenco en el presente siguen anclados en un pasado, que debiera servirnos como referencia pero nunca como fin; y a los imprescindibles -para el poder- pelotas y correveidiles que pululan por los bajos fondos del flamenco en pos de sus propios intereses, tan espurios como inconfesables.
"MÁLAGA" (14/09/05)
El Teatro Cervantes de la "Ciudad del Paraíso" vistió sus mejores galas para acoger este espectáculo -que inauguraba Málaga en Flamenco y el único que se ha podido ver fuera de la provincia-, dirigido y coreografiado por el bailarín Paco Mora y protagonizado por jóvenes artistas malagueños más La Cañeta (y su marido, José Salazar) que actuó de artista invitada. La primera en la frente, pensamos muchos, porque ni la voz en off de Gonzalo Rojo -hilo conductor de la obra- que nos recordaba los tiempos olvidados del NODO suplió la falta de rigor histórico, ni la puesta en escena respondió a las características que definen cualquier espectáculo flamenco de su pretendida categoría en pleno siglo XXI. El desatino fue tal que el proscenio acabó siendo una masa informe de diminutas proyecciones, caras y luces adobadas por el retestinado zumbido de la radio -¡vaya nochecita que le dieron a la bailaora "Solera Chica"-, tan rancia como la voz que confundía al respetable cada vez que hablaba. Verbigracia: lo de "cantiñas malacitanas", a pesar de que así lo acreditara en disco Pastora Pavón, es comparable a los graciosos títulos que Pepe Marchena solía poner a algunos de sus cantes. Pero no todo fue malo, porque los jóvenes salvaron los muebles demostrando, por ejemplo, que Málaga dispone en la actualidad de un magnífico muestrario de guitarristas cuales son, entre otros, los participantes en la obra: Francisco Javier Jimeno, José Antonio "Chaparro", José Fernández y Gaspar Rodríguez, que merecen otro sitio y otro protagonismo en el actual panorama flamenco malagueño: el toque por alegrías que interpretaron los cuatro fue sin duda lo mejor de la noche. Y junto a ellos, Bonela Hijo, que reinventó a El Cojo de Málaga de manera lúcida y brillante, Rocío Bazán -¡Cuánto ganaría si aprendiera a recoger un poquito la voz!-, que gustó en los tangos malagueños de
ascendencia sacromontana, o Antonia Contreras, que en el cante por soleá dejó constancia de una voz bonita aunque reñida con el compás, a pesar de que Chaparro la llevara en volandas. El baile fue lo más flojo -los nervios jugaron una mala pasada a los más jóvenes-, incluido el que interpretó por rondeñas el director Paco Mora, en las antípodas del baile flamenco en hombre, según lo definiera en su conocido "Decálogo del baile flamenco" el maestro Vicente Escudero.
"A MI TIERRA" (21/09/05)
Siete días después de asistir al primer fiasco de Málaga en Flamenco, Calixto Sánchez nos confirmó algo que los que conocemos el patio ya sabíamos: que en una conjura de torpes siempre hay alguien dispuesto a empeorar lo anterior. Y así fue, pues el espectáculo que nos ofreció en el Centro Cultural Provincial fue ciertamente lamentable por cuanto significó una tomadura de pelo de principio a fin tanto en lo artístico como en lo técnico, empezando por el espacio escogido, que ni tiene capacidad ni medios, y acabando por la voz impostada y nada andaluza de Gonzalo Rojo, que, además, no sabe recitar, con lo cual ni los versos de Manuel Machado ni los de Lorca animaron a los despistados artistas que deambulaban como alma en pena por el pequeño escenario, más apropiado para acoger una fiesta de fin de curso que un espectáculo flamenco de acuerdo con los tiempos que corren. La pena de todo esto es que los platos rotos los pagaron los jóvenes artistas malagueños, que ni se les dio la oportunidad de demostrar lo que verdaderamente son, ni se les supo dirigir conforme a las modernas técnicas escénicas que hoy rigen en el teatro: allí no faltó nada más que la reja, la maceta de claveles y el típico gracioso, ocurrente y borrachín. Virginia Gámez (nana, fandangos abandolaos, milonga y granaína), por ejemplo, tiene unos cocimientos y unas cualidades artísticas que no le dejaron demostrar. Y otro tanto podemos decir de Andrés Cansino. A Luisa Palicio se le nota demasiado la influencia de Milagros Mengíbar y en la comparación sale perdiendo. En cuanto a Laura Román (fandangos abandolaos, soleares y tientos), debe serenar su desbocada fuerza y parar más el cante, aunque es verdad que en los cantes de ritmo gustó al respetable. El resto del elenco, encabezado por el cantaor de Mairena, -¿sólo se encontraron artistas en Málaga y en Sevilla para un espectáculo que pretendía ser un homenaje a Andalucía?- estuvo a una altura parecida, pues ni Manolo Franco justificó su Giraldillo, ni justificó el suyo Calixto Sánchez fuera aparte sus cantes por malagueñas y seguiriyas en los que dejó evidentes notas de calidad cantaora. Rubito de Pará Hijo (trilleras, jabera, el polo y taranta) debe reencontrarse consigo mismo y analizar detenidamente hacia dónde quiere ir en su recién comenzado caminar flamenco. Manolo Sevilla -que sustituía a Juan Reina-, es uno de los maestros actuales del cante para bailar y demostró que para cantar bien hay que arrimarse, aun a riesgo de que te coja el toro del cante: fue lo verdaderamente emocionante de la noche. Lo demás, ya saben: coge el dinero y corre.
"DOS GENERACIONES" (12/11/05)
Con este espectáculo se cerraba Málaga en Flamenco. El espacio escénico que se escogió fue el auditorio "Príncipe de Asturias" de Torremolinos, elección acertada si no fuera por la nula estructura organizativa dentro del recinto: allí cada cual campaba por sus respetos, entrando y saliendo con copas en la mano, dando portazos, sin saber dónde sentarse, aguantando a los medios de comunicación que llegaban cuando les parecía y se ponían a montar cámaras y micros; todos eso en ¡pleno desarrollo del espectáculo! En fin, sólo faltó la típica barra para completar la estética festivalera a la que nos tienen acostumbrados en Málaga -y fuera de ella- en las cálidas y agradables noches del estío andaluz. A "Dos generaciones", que venía de la mano de José Manuel Évora (director) y de José Luís Ortiz Nuevo (guionista y presentador), que cada vez se parece más a Rafael Álvarez "El Brujo", le sobró tiempo y una generación: los años no pasan en balde y, aunque el cariño que les tenemos es mucho, cuando no se está en condiciones hay que ir pensando en retirarse: Matilde Coral no pudo comparecer por estar enferma y fue sustituida a última hora por "Carrete de Málaga", que ofreció una actuación similar a la que hace cada noche en su tablao de Torremolinos para los guiris. Chano Lobato no está para someterse a la disciplina de un teatro, pero suplió con oficio lo que sus fuerzas no le permitieron. Y La Cañeta (con su marido, José Salazar), junto a un inspiradísimo y flamenquísimo Antonio Soto, sin duda uno de los mejores guitarristas de acompañamiento del actual panorama flamenco, arrancó los primeros olés por tangos; pero esa tendencia que tiene a alargar innecesariamente sus actuaciones le resta méritos y aburre al personal. Con la otra generación, empero, el espectáculo giró ciento ochenta grados para demostrar que una puesta en escena sencilla, moderna e imaginativa conduce a los jóvenes artistas -bien preparados y profesionales- a las puertas mismas del Arte Flamenco (así, con mayúsculas) de hoy, que es el de ayer y será el de mañana. Si todos estuvieron bien, no podemos dejar de señalar las bulerías por soleá de La Tremendita, los fandangos abandolaos de Guillermo Cano, la magistral guitarra de Miguel Ochando especialmente por granaínas, el baile por alegrías de Juan Carlos Cardoso y, sobre todo, a Rocío Molina, la esplendente y sensual bailaora de Vélez-Málaga, agua y luz del Mediterráneo, que demostró lo que algunos ya sabíamos: que estamos ante una de las grandes bailaoras que alumbran el siglo XXI. No olvidamos a los percusionistas Antonio Coronel y Sergio Martínez, muy ajustados y sin molestar en los números que participaron; al granadino Emilio Amaya, complemento idóneo de su paisano Ochando; ni el cante recio y flamenco por tarantos de Juan José Amador para el baile de Rocío Molina. El esteponero Gaspar Rodríguez, al que el presentador le aguó su toque por soleá, es un buen guitarrista que, pese a su experiencia como profesional, no acaba de dominar la presión del escenario cuando actúa solo. Y es una pena, porque nunca acaba de mostrar lo que verdaderamente lleva dentro.
Texto: Paco Vargas - Foto: Cedida por Málaga Hoy