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Revista La Flamenca
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Festivales: Concurso Nacional de Arte Flamenco

Una Mirada Retrospectiva

Revista La Flamenca

Se especula, se pontifica, se dogmatiza hasta elevar a categoría de axioma matemático el que se produce una crisis de valores en el flamenco y se plantea como un indicador el número considerable de premios desiertos en el Concurso como un argumento de autoridad. La mirada hacia atrás adolece de cierto determinismo, pues se ignoran las constantes de época, los gustos cambiantes, la necesaria reformulación de una estética común a todo arte que se precie e incluso la conveniencia de la existencia de una "vuelta de tuerca". Se une lo anterior a la pluralidad de enfoques, que rompen con estéticas dominantes presididas básicamente por dos ismos o tendencias, el marchenismo y el mairenismo.

Se presentaron más de cien intérpretes procedentes de diversos lugares nacionales e internacionales. La respuesta en la Sala de Telares en cuanto a asistencia de público fue importante y en menor cuantía en la siguiente fase dentro de la sala del Gran Teatro. La sección de cante contó con la presencia de un cantaor cordobés que ha vuelto últimamente por sus fueros, Joaquín Garrido, y obtuvo el Premio Fosforito; el cantaor David Pino obtuvo el Premio Pepe Marchena tras haberse clasificado para varias finales y quedaron desiertos los premios Cayetano Muriel y Niña de los Peines. Los ganadores de los distintos Premios de cante eran conocidos en el "mundillo" flamenco al haber actuado con alguna frecuencia por la geografía andaluza, por lo que no hubo grandes sorpresas, si acaso sorprendió a algunos entendidos el que algunos cantaores -el jerezano Ezequiel Benítez, por ejemplo- no hubiesen llegado más lejos en el Concurso.

El Premio Manolo Sanlúcar presentó en la final a tres intérpretes que, a juicio de un buen número de aficionados, no explicaba suficientemente que hubiera quedado desierto. El Niño Brenes, Javier Conde y El Niño Seve fueron tres dignos finalistas que no consiguieron convencer al Jurado acerca de sus bondades interpretativas; y llegados a tal punto conviene hacer una reflexión necesaria sobre qué cabe esperar de estos intérpretes tan jóvenes ya acreditados en otros certámenes, como el murciano del Niño Ricardo, el de la Peña Flamenca de Jaén, Jóvenes flamencos de Jerez o del bordón minero de La Unión; tal vez traicione el subconsciente y nos situemos en otras coordenadas y establezcamos comparaciones sin los necesarios ajustes cronológicos. Ha habido en certámenes anteriores algún intérprete de técnica depurada que no enervaba a los espectadores y obtuvo el Premio en guitarra solista; el Premio Paco de Lucía, destinado a recoger la música flamenca en una concepción no "sensu stricto" por aquello de otras incorporaciones, pretendía recordar como el gran intérprete algecireño planteó de una forma más sistemática la percusión a través del cajón peruano; quedó desierto, pues ya la "criatura" no nació a gusto de todos, a tenor de los comentarios escuchados. El Premio Juan Carmona Habichuela lo obtuvo Juan Manuel Muñoz El Tomate, que pertenece a una dinastía en que la guitarra ha sido santo y seña a través de diversas generaciones.

El baile fue lo más destacado en cuanto a la valoración global del Jurado, máxime si se considera que ninguno de los Premios quedó desierto. Marco Flores vino de la ruta de los pueblos blancos para producir el encantamiento de la gente y del Jurado, ya que obtuvo dos premios compartidos, con Concha Jareño el Mario Maya, el Carmen Amaya con Fran Espinosa y el Antonio Gades en solitario. Fue merecida la distinción como Premio de Baile del Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, en contraste con los de cante y guitarra que quedaron desiertos.

Parece necesario un replanteamiento acerca de la conveniencia de relanzar el Concurso sin la rémora del "cómo a nuestro parecer/cualquiera tiempo pasado fue mejor", al que somos tan proclives en este mundillo o planeta, según los gustos. Está el archivo para recordar experiencias pasadas que nos puede hacer cometer el error de metamorfosearlas en pesadas losas sin los ajustes necesarios
que tan necesarios son en cualquier reformulación que se precie. Y es que el fenómeno se ha convertido en una cultura extensiva a la que le resulta difícil formular pautas de comportamiento que permitan distinguir lo que es de lo que no, pues ahí entran dogmatismos, chovinismos, modelos de sociedad, préstamos estéticos, mayor diversidad en los enfoques y en la estética. Se ha pasado de una fórmula artesanal de secretos bien guardados a una sociedad industrial que propende al todo vale ante la mirada escéptica, cuando no claramente preocupada por parte del personal; se ha pasado de un texto de transmisión oral casi siempre anónimo que se repite hasta la saciedad a letras de autor conocido de aquellos que en el mundo han sido o de letristas actuales, cuando no rescate de nuestros clásicos, harto como está el personal de pagar siempre la entrá a los titirimundi.

El Concurso dio más de sí en cuanto a espectáculos de todo tipo, en los que han participado figuras emblemáticas mencionadas en una especie de amalgama por razones de espacio. Se han dado cita todas las manifestaciones estéticas con las que el flamenco se relaciona, con una respuesta interesante de público o alumnado inscrito en los diversos cursos organizados. Cristina Hoyos y Javier Latorre contaron con el beneplácito del público, así como Carmen Linares y Mayte Martín en el cante o la intervención de Manolo Sanlúcar con la Orquesta de Córdoba; además hubo una serie de actividades paralelas ya conocidas, de las que destaco el disco libro titulado VIVENCIAS DEL CONCURSO NACIONAL DE ARTE FLAMENCO DE CÓRDOBA. Conmemora cincuenta y un años desde el inicio en 1956 y cuenta con dos CDs de entrevistas realizadas en su momento por Alfredo Asensi a diversos ganadores a través de las diecisiete ediciones, hay fotografías de intérpretes y el palmarés de las diversas ediciones, además de un recorrido anecdótico y a vuela pluma de Juan Rafael Pérez Díaz y el que esto escribe. El diseño, que es de José Luis Priego ha merecido encendidos elogios.

Texto: Juan Pérez Cubillo - Foto: José Carlos Nievas