Compartir esta web con mis amigos |
Andalucía bajo mínimos. Que Sevilla tenga su festival es una alegría, pero que se organice de esta manera es un despropósito. Decía Manuel Bohórquez al presentar el acto, que aquí se huía de los "festivales de pueblo" que acaban con la afición con "los carteles interminables". Por el contrario, se demostró que a la organización de este festival le queda mucho por aprender. Sobre todo de los pueblos. Porque a "los dos buenos cantaores, al buen bailaor y las dos buena guitarras", únicos requisitos que Bohórquez entiende necesarios, es necesario sumar otros elementos.
Para empezar el enclave elegido. El Monasterio de la Cartuja se convirtió en un infierno para público y artistas. ¿A quién se le ocurrió organizarlo junto a las terrazas nocturnas sevillanas? Miguel Ángel Cortés tuvo que echar a pelear su guitarra contra El Koala. A Arcángel le tocó competir con Shakira y Chambao, haciendo lo posible con la Trini y Chacón, y mostrando su buen hacer en la caña. Pero la falta de concentración del de Alonso creció con la ineptitud del técnico de verbena que nos tocó sufrir, que mantuvo el sonido al borde del acople. Un Arcángel al límite de su voz, le echó arrestos y terminó por tangos, seguiriyas y cantiñas, cuando todos esperábamos la ración de fandangos que se reservó para mejor ocasión.
Antonio Canales venía a agradar. Le puso ganas a los jaleos y dejó detalles marca de la casa por seguiriyas, pero los reguetones de la Coliseum lo trajeron por la calle de la amargura. Pero para amargura, la de los espectadores que soportamos que hubiera quienes colocaran sus sillas en los pasillos laterales dificultándonos la visión. Nadie de la organización lo recriminó. Con Canales se llegó al descanso, y al paripé de la Federación de Peñas -organizadora del evento- cuyo sanedrín en pleno tuvo que armarse de vergüenza torera para salir a escena a cumplir con los mecenas del dinero público. ¿Homenaje a Marset? La imagen de la pobre respuesta de los presentes, vale más que mil palabras.
Paco Fernández abrió por alegrías la segunda parte, y anduvo certero en el acompañamiento a su hermana Esperanza. Para este momento, las discotecas habían bajado drásticamente el volumen, y el torpe del sonido se había enterado de por donde iban los tiros (si tuviera que sonorizar a la Filarmónica de Londres...). Esto lo aprovechó la trianera para emplearse a fondo con los cantes por malagueña del El Mellizo y La Peñaranda, soleares de Alcalá y cantiñas de Pinini. Pero hubo un antes y un después de las seguiriyas. Partió de Cádiz con Francisco La Perla, tiró pa Jerez en busca de El Marrurro y dijo "ahí queda eso" con la cabal del Fillo. Cerró su intervención por bulerías, dejando clarito que lo de "cantaora festera" le viene chico. Tras Esperanza, volvió Canales al escenario a poner el punto y final a un festival que necesita mejorar en organización si no quiere convertirse en motivo de cachondeo para los festivales "de pueblo".