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Todos lo sabíamos: Joselito de Lebrija, rebautizado José Valencia, dará mucho de que hablar. Sólo necesita que lo dejen salir más como cantaor palante. Conoce los cantes a la perfección y tiene la cabeza bien amueblada. Y alma. El cantaor perfecto. Por eso, no es de extrañar que tres años después de su última participación en la Caracolá, dejara a las claras sus cartas de ganador encima de un escenario por el que pasaron con menor ventura el resto de participantes.
Abrió esta edición Antonio Reyes, que parece no haber encontrado su sitio. O eso entendemos de la dualidad estética que representa habitualmente. Si bien es cierto que puede asirse a las dos tendencias, el gaditano imprime a soleares y seguiriyas matices claramente mairenistas, y otros radicalmente caracoleros para tientos y fandangos. En Lebrija le tocó luchar y pagar con creces el precio de que la organización contratara una empresa de sonido de feria, que traía de regalo a un técnico inquieto, al que no le bastó toda la tarde para probar voces.
El sonido no fue problema para El Capullo que, encomendado al soniquete de Jerez, apuntó maneras en la soleá por bulerías y entró en su circo particular por fandangos, tangos y bulerías. Nada interesante, pero el público disfrutó. Mas la estrella fue el joven José Valencia. Dedicó el espectáculo a su hijo y, con la guitarra de un Antonio Malena sencillo pero sonoro, arrancó con su lección de cantes por soleá. Alcalá le sirvió para recordar a Juaniquí y seguir desgranando estilos, a buen seguro, desconocidos por la mayoría. Respiró por cantiñas y puso el colofón por seguiriyas, con El Nitri, Joaquín Lacherna, El Marruro y una gloriosa interpretación de la cabal de Manuel Molina. Y para empezar los postres, La Jilica por bulerías.
El Cabrero puso toda la carne en el asador pero el de Aznalcollar no estuvo en Lebrija. Pasó de puntillas por malagueñas y llegó a desentonar en la soleá, si tenemos en cuenta que José es muy regular y que rara vez no está a la altura. Por fandangos, gustaron sus letras actuales, pero sucumbió en el Carcelero, carcelero y en las tonás de cierre.
Y si lo de Joselito fue tremendo, lo de Curro Malena, más que heroico. Sin reponerse del "revolcón que me ha dao una vaquilla" -una apoplejía con la que nos asustó en fechas recientes-, subió al escenario con "sus niños", apoyado en lo psicológico por los artistas y aficionados de camerinos. Metió mano a los cantes por soleá, tientos, seguiriyas y bulerías, y si es cierto que tampoco estuvo como acostumbra, el no caerse del cartel y cumplir sobradamente teniendo en cuanta sus mermadas facultades, son gestos que le honran.
El cierre lo pusieron Los Farrucos, cuyo baile nos deja cada vez más entristecidos pues su único objetivo es la bulería, donde se repiten una y otra vez. Las gitanitas enloquecidas, agolpadas a los pies del escenario son la cosecha inservible de quien siembra nada más que cáscaras. Mejor no seguir.