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Desde que se iniciaron las reuniones de La Puebla, quedó a disposición de artistas y público un marco incomparable en el que regocijarse con la expresión más pura del flamenco. Se dice que los moriscos saben escuchar con atención y entusiasmo, y distinguen entre cante jondo y lo que no llega a ese nivel. Bien. Pues todo el esfuerzo organizativo, el incomparable marco de La Fuenlonguilla, sus paredes inmaculadamente blancas y su aroma a tomillo; se han adormecido ante un plantel de artistas que, o no ha sabido dar lo mejor de sí y o, simplemente, no pueden ofrecer más. Sálvese en esta edición Pepe Torres, La Moneta, Antonio Campos y la regularidad y constancia de Diego Clavel. Rompimos el hielo con el toque de Antonio Carrión y Ramón Amador, para que irrumpiera en el escenario el joven Antonio Campos. Apunten este nombre porque, si no se nos descarría, tenemos una posible figura. Se vació dando lo mejor por tonás, tientos tangos, soleares y bulerías. Carmen de la Jara, en cambio, pasó sin pena ni gloria. Su actuación fue plana, sin pellizco y sin transmitir eso de los sonidos negros que anunciaba el programa de mano de la entrada. Afortunadamente nos desquitamos con la jondura de Pepe Torres, muy bien acompañado y arropado. Ya nos dijo Pepe Lamarca que hacía tiempo que no veía a nadie bailar tan "en hombre", puro y elegante, sobre un escenario. Quien también acertó, fue Diego Clavel. Es un valor seguro, que no defrauda con su enciclopedismo: por seguiriyas logró poner al público en pie.
Pasado el descanso, volvió Carrión con su toque por bulerías, desde Diego del Gastor a Jerez. Tras él, Juana y Martín Revuelo, junto a sus hijos, ofrecieron lo que hoy en día pueden dar. No se les puede pedir más. O sí: presencia y saber estar en el escenario, y un respeto a esas tablas y al público por extensión. No se puede improvisar tan descaradamente. Por su parte, Fuensanta La Moneta nos deleitó con lo mejor de su baile. Aunque sin llegar al nivel de su cita anterior. De cualquier forma, arrojó frescura, sentimiento y todo un derroche de fuerza. Por tientos, pensamos que la garganta de José Menese, tendría que ir a más durante su actuación. Pero tras unas cantiñas correctas, anduvo flojo por soleá y siguiriyas. No fue la mejor noche para su virtuosa voz. Llegado este momento, parte del público comenzó a desfilar ante el primer cajón que iba a sonar en La Puebla en mucho tiempo. Una lástima que Montse Cortés, se quede en ese flamenco light que no gusta en esta localidad, sin sabor y cerca de las cinco de la madrugada. Como es habitual, el fin de fiestas por bulerías y una desnutrida ronda de martinetes, pusieron el punto y final con esta idea: los maratones de cante pasaron a la historia. Hay que adaptarse a los nuevos tiempos por el bien de la organización, público y artistas.
Texto y Foto: Fidel Meneses