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Como en años anteriores, la mesa gira en torno a algún tema relacionado con la casa de los Pavón. Con motivo del centenario del nacimiento del guitarrista y para hacer justicia con la trascendencia de su toque, se habla en esta ocasión del Niño Ricardo.
Juan Peña fue el primero en destacar que "como el Niño Ricardo, el guitarrista más importante del siglo XX, no ha tocado nadie". Recuerda cuando le acompañó junto a un joven Paco de Lucía en uno de sus discos y pugnaban con sus picados sin intención. Era la unión del toque tradicional y el moderno, a pesar de que quizás la guitarra del Niño Ricardo fue la que comenzó a abrir nuevos senderos.
Poseía una vinculación directa con Pastora Pavón, a la que acompañaba habitualmente, y podía jactarse de ser apreciado por ella como artista y en el terreno personal. A partir de que Pastora contrajo matrimonio con Pepe Pinto su amistad se vio acotada por los celos que tenía el esposo de aquella de la "voz de estaño fundido".
Antonio Bonilla hizo un breve recorrido por su vida e insistió en la valía del tocaor como acompañante pero también como concertista, faceta que parece algo olvidada. Dijo que "si no hubiera existido el Niño Ricardo la guitarra de hoy no sonaría igual". Fue el guitarrista de casi todas las dicográficas de Madrid y su afición le obligó a tocar a escondidas de su padre, que no quería que se dedicara a ello. Dijo también que "la guitarra actual necesita un frenazo, porque como la cosa siga así, va a sonar a todo menos a flamenco".
José Manuel Gamboa hizo hincapié en la revolución que causó el tocaor innovando el acompañamiento por bulerías. Además de inventar el toque por fandango tal como hoy lo conocemos, "el Niño Ricardo creó el concepto barroco de la guitarra" incorporando arpegios y dando lecciones de armonía. Y eso que tenía un grave problema con sus uñas, ligeramente curvadas hacia arriba. Su toque era algo sucio, provocado por este defecto y quizás por el poco tiempo que dedicaba a ensayar sus facetas, ya que fue un creador incansable.
Bohórquez supo moderar la mesa suscitando el fructuoso debate entre los participantes y señaló que "el Niño Ricardo ha sido la referencia en la guitarra durante casi un siglo". Se suma con empeño a la iniciativa que desde la Peña Niño Ricardo se está llevando a cabo para que se le erija un monumento al guitarrista y se le ponga su nombre a una calle, aunque "el mejor reconocimiento que puede recibir es que no sea olvidado por tocaores y cantaores". La mesa redonda termina y falta poco más de una hora para que Esperanza Fernández y El Lebrijano colmen la noche de buen flamenco.
Templa la trianera por soleá sometiendo a la guitarra de Miguel Ángel Cortés al calor de los profundos metales de su garganta. Es su corazón candela y su cante un manatial. Recuerda como siempre los estilos de Utrera y araña su quejío dominando el palo. Le dedica a Manuel Bohórquez su cantiña, donde cuadra las letras siempre a compás, acelerando y pegando pellizquitos al retener el cante de Pinini. Por tientos tangos sigue el deleite.Pero es en la seguiriya donde su lamento corta el aire para llegar a lo más insondable de las entrañas. Esperanza hace de su cante llanto, una lágrima espesa que recorre la piel erizando uno a uno los vellos del cuerpo. Su eco provoca una llaga incurable que produce adicción. Termina por bulerías, de pie, recogiéndose el vestido en la cintura para clavar sus tacones con arte sobre el entarimado. Tres pataítas, su cante a palo seco, fuerza... y la guitarra espléndida de Miguel Ángel, que robó durante toda la actuación algunos olés al público que llenó la bonita plaza, donde se pudo disfrutar de un ambiente casi íntimo.
Truena El Lebrijano, truena. Y después bamberas, aquellas de Pastora. Aprovechando el compañamiento "romancea" y canta con gusto pero aliviado. Pedro María Peña a la guitarra se vuelve loco para seguirlo. Sale por alegrías y su memoria le trae un montón de letras y estilos, entre ellos el de Córdoba, que interpreta recortando y sin ligar los tercios, dándole otra dimensión, otro rango superior. Luego ese "Pobre del corazón mío" y bulerías, donde ya se ha acomodado. Su cuerpo se revuelve consigo, ha estado bailándole a su cante todo el tiempo. Acaba la noche con un bis por Levante que remata por tangos sorprendiendo al público y al guitarrista.