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Revista La Flamenca
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Festivales: XVII Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba

"Sensibilidad... Fuerza... Vida y danza, nuestro lenguaje" 2004

Revista La Flamenca

Segundo día de función. El Gran Teatro vuelve a llenar la sala para acoger al Ballet Nacional de España. Cuatro piezas de danza configuran el espectáculo: "¿Mujeres?", "Colores", "Taranto. Ni contigo ni sin ti" y "Tiempo". Las dos primeras coreografiadas por la actual directora del Ballet, Elvira Andrés, la tercera por Antonio Canales y la última por el jerezano Joaquín Grilo.

Una luz tenue en el escenario deja ver la figura de una mujer que busca. Sigilosa, con cierto histrionismo, camina angustiada. La sugerencia se apodera de los movimientos sensuales del cuerpo de la chica. Casi sin darnos cuenta se llena el espacio de mujeres que pintan en el aire con poses naturales y delicadas. Bien sincronizadas entran y salen por las calles, entre bambalinas. La danza está plenamente justificada, acorde con la inquietante música que ilustran. Las castañuelas al unísono surgen como de la nada añadiéndole ricos matices al baile.

"La luz desnuda nuestros sentimientos fragmentándolos en COLORES". Simula el fondo un atardecer y a lo largo de esta pieza va cambiando de tonos, reflejando luces cálidas. Se inundan las tablas de componentes, quizás excesivos para mantener la atención. Cabe destacar el magnífico diseño del vestuario; y no sólo en "Colores". Una coreografía ejecutada al milímetro, compleja en cuanto a las disposiciones de los danzantes y simbólica. Se queda en el escenario una pareja de enamorados. De rojo ella, él de azul: pasión y sosiego. Aparece el tercero, de verde: la envidia.

Tras el descanso, el taranto dibuja un amor imposible. Cristina Gómez y Mariano Bernal discuten con sus desplantes mostrando calor y rechazo en un intento de solucionar el conflicto de un sinvivir: "ni contigo ni sin ti". Gestos expresivos, pasos muy flamencos, zapateados con finura y mucha compenetración entre la pareja consiguen crear el ambiente propicio para la emoción y un aplauso merecido. "Yo sin ti no sé vivir, si no te tengo me muero, no me hagas más sufrir" rezaba una de las letras.

Con jaleos, fandangos y tangos se acaba el espectáculo. Dos grupos: hombres y mujeres. Luego se emparejan creando un juego de figuras originales. Un baile potente, plagado de recursos estéticos muy particulares, con sello propio. Junto con la pieza anterior, constituye la parte más flamenca de la obra. Canales y Grilo han demostrado que los cuerpos de bailaores o bailarines pueden servir de vehículos de expresión de sus formas de sentir el flamenco. Elvira Andrés, por su parte, en los dos primeros bailes, derrama elegancia y buen gusto. Se despiden con alguna pataíta y acompañan al telón mientras baja con unos simpáticos chasquidos de dedos.

 

"Grilo" 

Texto y Foto: David Montes

Bailaores: Joaquín Grilo y Pastora Galván
Guitarras: Jesús Quevedo "Bolita" y Ricardo Rivera
Cante: Carmen Grilo, José Antonio Núñez "El Pulga" y Luis Moneo
Percusión: Francisco González "Paquito"
Palmas: José Carlos Grilo

Joaquín Grilo, escoltado por Pastora Galván como artista invitada, da rienda suelta a un flamenco que esta vez no anduvo a medio camino entre lo ortodoxo y lo vanguardista, transgrediendo las formas en cuanto a lo que a formato se refiere, sino que mantuvo la armonía que baile, cante y toque sustancian en la esencia del flamenco más pretérito.

Estuvo arropado por el cante de Luis Moneo y el de José Antonio Núñez ( ambos bailaores rinden tributo a sus lugares de origen: Jerez y Sevilla ) en unas bulerías a compás tan sólo de palmas con las que arranca ya los primeros ‘olés' de un público que ocupaba en poco más de media entrada el Gran Teatro del boulevard del Gran Capitán, si bien éste se mostró un tanto distante y frío aunque lo que estábamos presenciando presentaba una altísima calidad.

La siguiriya postrera realizada, a dúo o paso a dos, junto con Pastora tuvo tintes del flamenco que muchos quieren dejar de lado para "innovar". No llegó a ser austera, pero si marcó momentos de gran solemnidad y respeto. El mismo que este palo se merece.

Al ser tan básica la estructura del espectáculo, tras la siguiriya hizo aparición en escena Carmen Grilo, para dar tiempo a los bailaores para cambiarse de vestuario. Levante fue la zona geográfica escogida y en la que se siente ‘a gusto' esta joven cantaora jerezana, que cerró la primera de sus intervenciones con unos cantes ‘abandolaos' tan genuinos como característicos del levante español.

El comienzo de la hipotética segunda parte, nos trajo a una Pastora Galván que, con bata de cola incluida y por alegrías, mostró ante todos las hechuras y sabiduría flamenca que la hicieron merecedora del premio "Matilde Coral" en el pasado CNAF. La experiencia es un grado. Movimientos suaves y acompasados, así como la demostración de un amplio dominio en el manejo de la bata de cola hicieron al respetable entrar un poco más en calor para lo que sería el colofón final de la noche.

La dueña del flamenco, la soleá, el cante y baile con el que los artistas han de consagrarse fue el escogido, como no puede ser de otra manera, por Joaquín Grilo para poner el punto y final a la hora y cuarto de duración del espectáculo. Se encontró. Demostró que ya no es un neófito en las lides bailaoras sino todo un maestro. Bailó de verdad, sintiéndose y haciendo grande también a su vez a la bulería. Todo un recital de pataítas sobre un entarimado en el que hizo posible la realidad de bailarlas en una losa.

En definitiva, fue cortito, pero bueno. Si lo bueno es breve pues dos veces bueno. ¿No?. Pues eso, que después de tanto concurso, ya agradecíamos el poder ver a una auténtica figura del baile.

Factoría flamenca

"Arte que hace historia".Gran Teatro de Córdoba.
Cór
doba, 7 de mayo de 2004.

Dos mitades: Córdoba y los veteranos. La noche del viernes se vistió de gala para acoger el espectáculo "Arte que hace historia". Paco Serrano templó una guitarra limpia que sonaba flamenca. Un poco de definición le hubiera faltado para rematar un repertorio donde tocó soleá por bulerías, guajiras, bulerías... sin destacar especialmente en ninguna composición pero ejecutándolas todas bien. Con picados y bordoneos recorre los trastes con cierta soltura. Alguna virguería le puso en apuros pero salió airoso.

Luis de Córdoba estuvo magníficamente acompañado por Manuel Silveria, que provocó aplausos que interrumpieron los cantes. Por Cádiz calienta al respetable para luego regalarle en los tientos una voz con un color personal. Empuja en la seguiriya con fuerza y cumple, para despedir su intervención, con los deseos de una espectadora que insiste en que cante por colombianas. Antes le imprime rasgos personales a los fandangos del Carbonerillo. Y uno del Gloria. El baile se fue por otros derroteros con piezas anquilosadas y sin ningún interés. Antonio Alcázar y Victoria Palacios pusieron la guinda amarga a esta primera parte.

Tropecientos años de historia en dos cuerpos que se arrugan. Hablaban de la metamorfosis. Chano Lobato y Matilde Coral, esta vez acompañados a la guitarra por Fernando Moreno y no por Juan Carmona "Habichuela", que no asistió por motivos de salud, nos hicieron reír con sus anécdotas. Mil historias de arte que se salían del guión al que no pueden ceñirse. Incansables, necesitados de contar tantas cosas, se dan y nos dan vida en un montaje dirigido por José Luis Ortiz Nuevo, que recita entre cante y baile con ese piquito que tiene.

Por soleá, Chano inventa los cortes en los tercios, respirando donde quiere. Aprieta y alarga, se recrea en su compás marcando sobre la marcha, a su antojo, el destino de un cante que vuelve a nacer cada vez que abre la boca. Alegrías de Chano, inconfundibles. Malagueña, bulerías y por "rumba aguajirá", como le dijo a Fernando que le acompañara. Matilde, con trabajo para levantarse, parece que toma fuerzas en cuanto el quejío de esa factoría flamenca le arropa. Dos patás y un meneo de caderas bastaban para que el público sintiera las ganas de comérsela a besos. Una manta de olés ayudaron a que se animara la genial, extraordinaria bailaora, que agradeció su paso por el concurso hace ya taitantos años. Su mantón trazó con los flecos el camino del baile. Ahí está para el que lo quiera entender.

"Indecorus"

Gala de entrega de premios del Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba.
Gran Teatro de Córdoba.
Córdoba, 8 de mayo de 2004.

"Que motiva vergüenza y escándalo". No he podido resistir la tentación de buscar "vergonzoso" en el diccionario. Pero lo hice en el de latín, y hasta en el de japonés, para no encontrarme de sopetón - aún no lo creo - con la definición a la española, a la cordobesa, de la final del Concurso Nacional de Arte Flamenco. Loable es el trabajo de muchos de los organizadores del concurso, lamentable el de otros: el del jurado.

Deliberar sobre la "obra artística" de los participantes es una tarea harto complicada, pero hay gustos y mal gusto. Desconozco los criterios con los que han evaluado, pero cierto es que sorprenden. La lista de grandes figuras que pueden lucir alguno de los premios queda en el recuerdo, porque en las últimas ediciones (la documentación está ahí y el tiempo ha transcurrido poniendo a cada cual en su sitio) no se ha tenido la vista suficiente para distinguir entre "clavito y canela", la ojana de la verdad; por muchas verdades que haya. Pocos aciertos.

La gala comienza con la intervención de los artistas oficiales y luego Gabriel Expósito, Premio Manolo Sanlúcar a la guitarra de concierto, toca bien un tema, aunque parece que le da miedo apretar las cuerdas y picar con fuerza. Jesús Chozas se llevó dos: el de Antonio Mairena y el de Cayetano Muriel. Su cante ortodoxo gustó bastante al público y puede salvarse de la hoguera. No es el caso de Lola Pérez, desmerecedora de recibir el premio Matilde Coral; o cualquier otro: lo peor de la noche. Iba corta de compás y sus poses y la coreografía eran horribles. Antonio Porcuna "El Veneno" se trajo el premio Antonio Chacón. Si levantara la cabeza... Belén López recibe el galardón de Mario Maya. Sale al escenario "disfrazada" y brinca de un lado a otro. Los de Juan Carmona Habichuela por el acompañamiento al baile y al cante recayeron en Eduardo Trasierra, cuyo toque plagado de filigranas es dulzón y sólo bonito. Los dos artistas que animaron el espectáculo fueron el "Yeye de Cádiz" (Premio Camarón) y Soraya Clavijo (Premio Carmen Amaya). El primero cantó con naturalidad por alegrías y Soraya bailó con gracia y sin artificios efectistas que enturbiaran sus originales pasos.

Si los que desfilaron son los mejores (por el magnífico catálogo del concurso sé que no), compadezco al jurado cuya labor critico, por soportar algo parecido al sufrimiento que padecí retorciéndome en el asiento. Si están convencidos de su "fallo", esto es "indecorus".