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revista la flamenca

En la Memoria: Mario Maya

El sueño inacabado
Revista La Flamenca

Era un soñador. Incluso despierto, soñaba... Su mente estaba llena de quimeras... Unas se podían tocar. Otras las construía en el escenario de la utopía... Mario Maya nació y creció en la humildad, sin más medios que sus botas y sin más recursos que su talento. Gente con talento y con botas la hay, y mucha. La genialidad ya es más difícil de encontrar... Mario Maya la tenía, pero no en sus pies, ni en sus manos, ni en sus desplantes, ni en su figura, sino en su espíritu. Un espíritu insaciable de cultura... Y de ética.

La fama y la gloria
Perfeccionista, detallista, trabajador incansable y, sobre todo, enemigo de lo banal, Mario maya jamás hubiera cambiado una vitrina por un escaparate... No le interesó lo fugaz... En una sociedad que adora el plástico, Mario Maya buscó la permanencia. "la fama no es sino la gloria en calderilla", dice el maestro acordándose de Víctor Hugo. El escaparate cambia con las estaciones; la vitrina expone lo que ha de perdurar. Por eso sus obras buscaron siempre un hueco en el acervo cultural de cada momento histórico: un lugar desde el que trascender en el tiempo. Ese lugar es la gloria.

El contador de historias
Lo que no cabía en sus sueños era la inspiración del momento: su militancia fue la disciplina y el rigor diario. La mejor improvisación es la que está pensada. Y con esa reflexión permanente nos ha enseñado que el flamenco también puede narrar... Su instrumento fue la dramaturgia, así como la coherencia entre la idea y forma. Mario Maya supo trabajar en horizontal y en vertical: organizando las acciones sin perder de vista la perspectiva. Desgranaba los recursos -dramáticos y expresivos- distribuyéndolos con inteligencia: todo trabaja a favor de la idea, que es la que debe permanecer en la memoria del espectador: la que debe trascender. Por eso Mario Maya ha sido siempre un maestro contador de historias.

Libertad y compromiso
Su personalidad libre y crítica, así como su no alineación con las estructuras políticas dominantes en cada momento -y sobre todo en su Granada- le ocasionaron alguna antipatía entre los mandamases. Esa independencia ideológica le costó una cierta e injusta merma en la proyección y el reconocimiento público fuera del ámbito del flamenco y la danza. Pero a pesar de todo, Mario Maya nunca dejó de ser comprometido: con el arte, con la cultura, con su etnia, con el progresismo, con sus amigos y con su familia.

También su exquisitez, su sensibilidad, su capacidad intelectual fue en ocasiones poco o mal entendida entre algunos compañeros de profesión, que tomaban por cursilería lo que era educación. Esa necedad de algunos le situó en el blanco de alguna malsana envidia que él -limpio de maldad- nunca quiso apuntar en el capítulo del "debe". A fin de cuentas, la envidia está reñida con la inteligencia. Inteligencia que, por el contrario, sí apuntaba en el capítulo del "haber". El tiempo pone a cada uno en su sitio y Mario Maya ya tenía el suyo desde hace décadas.

Stravinsky y la Fernanda
Premio Nacional de Danza, Medalla de Andalucía, Galardón Calle de Alcalá, dos Giraldillos... El mundo de la danza flamenca supo ver y reconocer su arte. Mario Maya se sentía con la obligación de conocer y de vivir el flamenco y la música hasta sus últimas consecuencias. Hablamos de un artista que lo mismo escuchaba a Britten o Stravinsky que se presentaba con Ansonini, Manuel de Paula y otros en la puerta de Fernanda de Utrera a las cuatro de la mañana para pedirle un buchito de aguardiente... y un cante.

Creador completo

Mario Maya fue probablemente el más grande de su generación, el más polifacético, el más completo, el más arriesgado y el más comprometido con el arte. Fue bailarín/bailaor, coreógrafo, director de escena, participaba intensamente en la iluminación, en el vestuario, en la escenografía, componía
su propia música... Todo el proceso de creación de cada una de sus obras ha estado impregnado de su personalidad y de su talento. Mario Maya fue todo un director, un autor de 360 grados cuya maquinaria creativa no cesaba nunca: "soy un ratoncillo", solía decir cuando guardaba algún recorte o algún documento que él preveía útil para su trabajo o su espíritu.

El cajón de los proyectos
El trabajo fue su única fe, porque hasta en sueños trabajaba. Jugaba con el tiempo en su despacho, entre ordenadores, libros y equipos de música... La música: siempre la música. Y el trabajo: siempre el trabajo. Creo que hasta decidió marcharse en sábado para que nadie dejara de trabajar por su culpa... Y en el cajón de sus proyectos ha dejado, entre otros, el "Centro Flamenco de Estudios Escénicos Mario Maya" (en Carmona), su guión para la película "Dialogo del Amargo", su ya avanzada obra "Las Bacantes" y su siempre anhelado "Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías". Esperamos y deseamos que ese cajón de los sueños no se convierta nunca en el de los recuerdos.

Los cuatro puntalitos...
Pero todo el edificio profesional y humano del artista y de la persona no hubiera podido sostenerse sin los cimientos emocionales que le proporcionaron en su vida -y en su muerte- los que de verdad han sido su gente: su mujer Mariana Ovalle (su "Marianita") y sus hijos Belén, Ostalinda y Mario. Los cuatro formaron su mundo más íntimo y los cuatro le acompañaron en el último acto de la vida, justo el acto que no estaba proyectado escrito... Ni tan siquiera proyectado... "No le tocaba", reflexiona todavía Mariana.

Cultura y ética
Aquel gitanillo del Sacromonte, aquel niño soñador de extramuros tuvo como mejor aliada a la inquietud. Fueron sus deseos de aprender y su incompatibilidad absoluta con el estancamiento intelectual los que le hicieron crecer: "Sólo con la inquietud por la cultura puede haber progreso intelectual", afirmaba. Así, en su pensamiento quedó grabado el primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos del Hombres:"El ser humano nace libre e igual en libertad y derechos", solía repetir. Pero añadía: "La cultura y la ética es lo que nos diferencia". La cultura y la ética... Dos utopías en el espíritu inquieto de un soñador empedernido.

Texto: Manuel Moraga / Foto: Archivo familia Mario Maya