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Revista La Flamenca
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Flamenco Antiguo: Antonio Chacón

Un Detalle de Don Antonio Chacón

Revista La Flamenca

Ocurrió el caso du-rante la Feria sevi-llana de mil nove-cientos veintitantos. No recuerdo la fecha exactamente; pero si recuerdo los nombres de quienes lo presenciaron en la famosa y ya desaparecida Venta Eritaña, de la fragante y admirable capital sevillana, tan generosa de atractivos, que convierte en turistas a los propios connacionales y, si me aprietan mucho, a los propios indígenas.

Al mencionar aquellos nombres, la melancolía se une al recuerdo, porque de quienes los llevaban son bastantes los que pasaron a mejor vida: Sánchez Mejías, Pepe el "Algabeño", Manolo Pineda, Antonio Chacón, Ramón Montoya, Juanito "Vandel", Antonio Pazos... De los supervivientes, Marcial Lalanda, Antonio Márquez, Martín Agüero, "Chicuelo" y algunos más cuyos nombres omito, por no tener certeza y también, deliberadamente, para no revelar a las claras al autor del patinazo que voy a referir a continuación, ya que, si lo recuerda, tengo para mí que habrá de resentir, aunque trasnochado, cierto ruborcillo vergon-zoso. Pero también puede ocurrir que esto no pase de ser una gratuita suposición mía.

Pues sí, aquella noche nos reunimos a cenar en Venta Eritaña los mencionados y los omitidos, para celebrar la donosa genialidad de Ignacio Sánchez Mejías, al hacerse ovacionar en el ruedo sevillano, contra la voluntad de Salgueiro, empresario de la Maestranza a la sazón, quien no le quiso contratar aquel año, y merced a la estratagema de que fuimos cómplices el siempre recordado Juanito "Vandel" y yo, y victima propiciatoria Martín Agüero. Se trataba, pues, de una cena histórica para los anales taurinos y de un convite de rumbo, como cuadraba a la categoría del anfitrión, Sánchez Mejías.

Ya he dicho que, entre los comensales, figuraban don Antonio Chacón y don Ramón Montoya. A Chacón se le llamó siempre don Antonio. A Montoya, no. A Montoya se lo impuse yo, en una emisión de radio, en Buenos Aires, porque me parecía injusta la diferencia de tra-to entre el gran cantaor y el maravilloso guitarrista, puntal sonoro y magnifico de los ruidosos triunfos de aquél. Y desde entonces fue, por imperativo de jus-ticia, don Ramón Montoya. Ramón -mi gran amistad con él me autoriza a prescindir del don- fue siempre hombre sencillo y cordial. Pero don Antonio, aunque cordial y generoso en el trato, era hombre muy pagado de su alto prestigio en el cante y tenía frecuentes arranques de magnifica soberbia.

Bien servida y mejor regada la cena, y sien-do casi todos los comensales gente joven y de bulla se llegó al café y a los licores en un per-fecto estado de avanzada euforia, con donosos estallidos de ingenio, entre los que desta-caban por agudos, intencionados y graciosos los del propio dueño de Pino Montano.

Y cuando más alegre estaba la reunión, y durante uno de esos silencios de los que se dice que "ha pasado un ángel", se irguió uno de los comensales, seguramente movido por la expansión alcohólica, y con el mejor deseo de expresar su contento, soltó lo que a continuación se expresa:

-Señores..., como aquí lo estamos pasando mu requetebién, yo estoy pero que la mar de contento y quisiera convidarlos a ustedes. Ignacio lo miró como para comérselo, y el "orador", al darse cuenta:

-Con su permiso, Ignacio-dijo. Tiró de cartera y, sacando un par de billetes, añadió:

-Yo voy a dar muy a gusto veinte duros a Chacón y otros veinte a Montoya para que nos alegren la digestión, ¿eh?

La risueña expresión se le fue borrando del rostro a medida que iba dándose cuenta de la largura que adquirían nuestras caras. Sán-chez Mejías se puso pálido. Seguramente iba a decir alguna de las suyas -y las ‘suyas' eran definitivas- al "generoso donante", cuan-do el propio Chacón, sin perder el color son-rosado de su rostro, levemente abacial, con la mejor de sus sonrisas y aquella voz suave que se hacía de platino en los ritos del can-te, decidió el asunto al tiempo que recogía los dos billetes.

-Yo le agradesco a usté su atensión, ami-go; pero como aquí hemos venido invitados por el señor Sánchez Mejías, yo no quiero ofen-derle. Y, como también es de justisia darle gusto a usté, yo tomo estos dos billetes y los reúno con otro mío -sacó uno de quinientas pesetas-, y ahora verá usté...

Llamó al camarero, y añadió:

-Toma esto y dáselo a un cantaó y a un tocaó de la casa; para que vengan a entretenernos un ratito... ¡Ah, oye! -remató-, y que sean de los que están empesando, ¿eh?, no vayan a molestarse por el poco dinero....

La cara del generoso donante se puso como la pulpa de una sandía madura. Y allí quedó la cosa, porque Juanito "Vandel" entró al qui-te, y cuando su gracia y su ingenio se abrían de capa se acababa el peligro. Y entre risas y, bromas se prolongó la reunión, hasta que le aurora empujó al sol a la eterna disputa entre la luz y el perfume de los jardines de Murillo.

Pero aquella noche nos quedarnos sin oír cantar a don Antonio Chacón, ni tocar a don Ramón Montoya, cuyas almas están unidas en la vida eterna, como lo estuvieron siempre en la terrenal.

Francisco Ramos de Castro - (Publicado en la revista taurina "El Ruedo" nº 355, el 12 de Abril de 1.951)