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Me decía un conocido bailaor, a la salida de los Jueves Flamencos, que la Sala Joaquín Turina es "la de la verdad". La que saca las vergüenzas. Por su fisonomía y reducidas dimensiones, no es un espacio para propuestas rebuscadas. Es un escenario que exige coherencia y rigor flamenco, y quien no se presenta así, termina fracasando. Con esa firmeza estuvieron en el presente ciclo Eva Yerbabuena, Riqueni o Arcángel. No así, Isabel Bayón. Esta bailaora, que pasa por ser la mejor cintura de Sevilla, escoltada por un braceo sensual, sugerente y delicadamente trianero, tiene la posibilidad -inalcanzable para otros/as- de poder prescindir de puertas, zapatos y grabaciones en off. Además, el guión argumental de La Puerta Abierta es tan simple e insustancial, que nos preguntamos si no fuese mejor prescindir de él. Los presentes no paramos de girar nuestras cabezas en busca de la mirada de un solo espectador, que arrojara algo de luz a lo que veíamos en escena. Claro, que con artistas como Isabel, hasta lo más malo deja guiños y momentos interesantes, sobre todo con la presencia en escena de Juan José Amador. De eso disfrutamos, como de la composición musical; trabajo de lujo de un Jesús Torres, al que los nervios jugaron una mala pasada en ciertos momentos, quizás por no llevar escolta.
Con más rigor y sapiencia presentó Segundo Falcón su Esencia Sonora, poético título, bajo el que se esconde el recital al uso de toda la vida. Traía como artista invitado a Pedro Ricardo Miño, cuyo flamenquísimo piano -que parecía que sonaba desde el mismo paraíso- sirvió de nube sonora para el reposo de la maltrecha garganta de Falcón, en soleá apolá y fandangos. El complemento esencial para el resto del concierto, eran las guitarras -unidas de nuevo- de Paco Jarana y Salvador Gutiérrez, ambos en vena toda la noche (juntos y por separado). Precisamente, del recital sobresalieron el cuerpo por soleá de Alcalá con el primero, las seguiriyas con el segundo y las arrolladoras bulerías en comanda, que acabaron eclipsando al del Viso. Del resto del repertorio, la fidelidad de siempre al Niño de Cabra y la hermosura de la Caña, nos hicieron olvidar las horribles alegrías del principio de un concierto, que fue de menos a más. Finalmente, y al hilo de las canciones por alegrías, debiera plantearse Segundo si un cantaor de su valía, debe lanzarse al vacío de las formas y maneras interpretativas de otro (todos sabemos quién). Siguiendo así, corre el riego de ir perdiendo poco a poco los conocimientos y matices de una garganta -la de Falcón- que por si sola tiene pocos competidores.