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Revista La Flamenca
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Naqueramos: XXXIX Fiesta de la Bulería de Jerez

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Si la Fiesta de la Bulería levanta en cada una de sus ediciones polémica y controversia, el obligado cambio de ubicación que este año afrontaba la organización había incrementado aún más la expectación que se genera en torno a este multitudinario evento flamenco. Dado su flagrante estado de deterioro, la plaza de toros jerezana fue cerrada hace unos meses por orden administrativa y había que buscar un recinto alternativo que fuera capaz de albergar, con garantías de seguridad, a las más de cinco mil personas que suelen asistir a esta cita. El fondo norte del Estadio Municipal de Chapín fue el lugar elegido y la verdad es que el ingente trabajo que tuvo que acometer el Ayuntamiento se vio recompensado con una celebración fluida y sin incidentes. Se ganó en funcionalidad y comodidad aunque quizás se perdiera el sabor romántico que encierra el viejo coso taurino.

La Fiesta estaba este año dedicada al poeta y letrista flamenco Antonio Gallardo. La familia de los Méndez no quiso desaprovechar la ocasión y contribuyó con bulerías por arrobas a tan merecido homenaje. El recuerdo a La Paquera y su inseparable Parrilla estuvo presente en la mente de todos.

Tras este inicio de fuerte contenido simbólico y emotivo, salió La Susi, acompañada por Pedro Sierra a la guitarra. Estuvo más acertada que en su última comparecencia por tierras gaditanas, sus bulerías de cierre de clara impronta camoronera sirvieron para calentar a los sectores más jóvenes de la multitudinaria audiencia.

En el 25 aniversario de la muerte de su padre, Fernando Terremoto hizo un esfuerzo encomiable y cantó aferrándose a la tradición como pocos saben hacerlo. Su propuesta jonda -soléa por bulería, siguiriyas, fandangos y bulerías-no encontró en el público la atención y el respeto que merecía.

Le llegó entonces el turno al artista que más expectación había suscitado, Diego El Cigala. El madrileño fue a lo práctico y le dio al público lo que éste demandaba. Tonás de salida, soleá aligerada y del tirón a los cantes festeros que fue donde más se prodigó. Más ruido que nueces, un artista sobredimensionado a raíz de su disco con Bebo Valdés, incapaz de liberarse del lastre que la herencia del de la Isla ha llegado a suponer para algunos.

El baile de Joaquín Grilo fue sin duda alguna de lo mejor que se vio en toda la noche. Sobrio y elegante, supo armonizar las formas expresivas más tradicionales con otras de corte mucho más vanguardista.

La Macanita también apostó por un repertorio algo más "Light" y a su soleá cargada de flamencura le añadió las canciones por bulerías que incluyó en su último disco. De sabios es saber adaptarse a las circunstancias.

El Capullo volvió a liarla. Su estilo personal, festero, desenfadado, sin complejos e incluso contestatario a veces, llevó al trance a los miles de jóvenes y no tan jóvenes que habían aguardado toda la noche para verlo en acción. Porque Miguel Flores es para muchos un ídolo al más puro estilo de las estrellas del rock. Se alejó de la tradición para inventar y recrear sus ya clásicos tangos-rumbas, toda una demostración del dominio de compás y desparpajo. Puede gustar o no, lo que sí está claro es que él personifica la manera que tienen muchos jóvenes de entender el flamenco.

Texto y Fotos: Julio de Vega López