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La Firma : Málaga en Flamenco


La Firma : Málaga en Flamenco




Revista La Flamenca

La época dorada del flamenco en Málaga fue la de los cafés cantantes, en los que actuaba lo mejor de la flamenquería del momento. En los años veinte estos locales perdieron su razón de ser por las nuevas compañías itinerantes, las “trupes”, organizadas por empresarios -muchas veces los artistas que las encabezaban- que tenían la valentía de ir a taquilla, como ocurría antes de que la cultura estuviera subvencionada.

Después de tres décadas en las que el flamenco quedó relegado a las fiestas privadas y a las ocasionales “turnés”, surgen las peñas y el nuevo formato de los festivales. Entre 1963 y 1972, Málaga, con la Peña Juan Breva al frente, se ocupa del flamenco de forma seria en las Semanas de Estudios Flamencos, seis ediciones en las que se reunió lo más granado de los estudiosos y artistas del género. Allí se homenajeó a Pastora Imperio, Caracol, Sabicas, Pilar López y Mairena. Estas estupendas semanas de estudio coincidieron en el tiempo con un resurgir del flamenco en Málaga, esta vez centrado en la costa, que acoge en sus tablaos a las principales figuras del momento. Pero como todo acaba, a mediados de los setenta, debido mayormente a los nuevos honorarios de los artistas, los tablaos dejan de ser rentables y el flamenco en Málaga sufre un nuevo revés. Desde entonces hasta la fecha surgen pocas figuras locales y las que pueden tener proyección o no tienen suerte o no se sacrifican lo suficiente -entiéndase ensayar o marcharse a lugares como Madrid o Sevilla- y optan por un semiprofesionalismo que les asegura no tener que alejarse del dulce rumor de las olas de la bahía.

En el siglo XXI el flamenco se mueve por otros derroteros. El señorito, ese mecenas rumboso, a veces entendido cabal y a veces déspota, pasa a ser una figura residual del pasado; tampoco los espectáculos en festivales y teatros sobreviven con lo que se recauda en las taquillas. Son las instituciones públicas las que se ocupan mayormente de la difusión de este arte y, por tanto, las que pagan y organizan espectáculos.

En 2005 se abre un horizonte de ilusión en Málaga con la creación de un ambicioso evento que se celebrará cada dos años, “Málaga en Flamenco”. Málaga debe recuperar el lugar que le corresponde históricamente como cuna de cantes y grandes artistas. Su emplazamiento como provincia central en la geografía andaluza le debe servir -le ha servido- para armonizar tendencias y huir de todo localismo cateto en el que el flamenco suele caer. La afición malagueña se siente hermanada con Huelva por ser cuna de infinidad de fandangos, está enamorada del salitre de los cantes cortos y dolidos de Cádiz y los Puertos, admira el duende y el compás de Jerez, el señorío del cante y baile sevillanos, la austeridad cordobesa, la virguería del toque granadino, la filigrana sonora de los cantes de Jaén, la reciedumbre de los estilos de Almería y Cartagena y las cadencias de los cantes de los gitanos extremeños.

Pero en el horizonte de un nuevo futuro hay nubes también, incertidumbres y dudas que azoran a la afición. ¿Por qué, si todos los ciudadanos van a pagar con sus impuestos lo que se va a hacer, las instituciones no van todas a una? Que haya instituciones de signo político distinto no justifica la desarmonía y el ausentarse del esfuerzo para llevar a buen puerto el bien común. El flamenco no es de ningún partido, puesto que el público no lo es. Los espectáculos serán presentados en Málaga capital y en las mayores localidades de la provincia, por lo es lógico que la Diputación coordine, pero también sería deseable que los respectivos ayuntamientos estuvieran implicados, dando dinero y poniendo a disposición las infraestructuras necesarias. Si no se hace así el flamenco saldrá perdiendo.

También hay dudas respecto al tipo de flamenco que se va a programar. Llegar más tarde que otras ciudades que han apostado fuerte por el flamenco (caso de Sevilla, Córdoba, Madrid, Jerez o La Unión) puede servir para aprender de errores cometidos. Pienso que hay que ofrecer espectáculos sin ojana, que sean flamencos de verdad, ser conscientes de que una excesiva coreografía mata la espontaneidad. Hay artistas que navegan entre la comercialidad pura y dura y la más clara tradición. Exigirles que muestren su lado más enraizado sería una apuesta valiente que diera una inyección de optimismo a todos los flamencos de Málaga, tan desperdigados desde hace años. Hay que exigir calidad y buen hacer ante todo, que los artistas se comprometan con el arte, huyendo de concesiones de cualquier signo.

El dinero público puede afectar peligrosamente a los fenómenos culturales que pretende proteger. En esto conviene tener mucho tino y las ideas claras. Los organismos públicos no pueden regirse por los mismos criterios que los empresarios. En ellos es legítimo y necesario el afán de hacer negocio. Para las instituciones queda el deber de fomentar y proteger fenómenos culturales de raigambre popular que, sin ser rentables económicamente, representan una parte importante de nuestra identidad. Todos sabemos que hay una vertiente del flamenco que es exitosa y da dinero, pero los veneros de que se alimenta la tradición flamenca suelen subsistir en muy precarias condiciones. Educar al público es algo que no se debe dejar de hacer, como hicieron y hacen muchos profesionales, desde Silverio a Manolo Sanlúcar, pasando por don Antonio Chacón, Perico del Lunar, Mairena, Pilar López o El Güito. Es el momento también de crear en Málaga las infraestructuras necesarias (academias, productoras, editoriales, discográficas, etc.) para que este arte y sus seguidores caminen con paso firme.

Dicen que cuando a Pepe Marchena le presentaron en Málaga a principios de los setenta a un joven cantaor local, aquel le dijo: «Pero es usted cantaor de flamenco o de ayuntamiento». Esperamos que lo que veamos próximamente no huela a arte oficial y satisfaga a una afición exigente que demanda calidad y expectativas de futuro. Si no es así dejaremos escapar otro tren.

Texto: Ramón Soler




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