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La Firma : Panorama actual del Baile Flamenco


La Firma : Panorama actual del Baile Flamenco




Revista La Flamenca

Actualmente el baile flamenco vive un tiempo rico en gozosas realidades y fundadas esperanzas de futuro. El flamenco arrasa en los centros internacionales del espectáculo. Broadway, Londres y París se rinden a sus encantos y se entusiasman lo mismo Bo másB que los aficionados de Sevilla, málaga, Móstoles o Lebrija. Continúan todavía en activo muchos de las bailaoras y bailaores que dieron brillo a las décadas finales del siglo XX y se han incorporado muchos artistas de indudable talento. Es también, sin embargo, un tiempo de acusados contrastes y paradojas, de resplandores y de monotonías, de genialidades y de mimetismos, de hallazgos sorprendentes y de pretenciosas mediocridades.

Por un lado, hay bailaoras y bailaores que se han sentido cómodos y seguros en el seno de la tradición, bajo el techo de la herencia familiar, interpretando los mismos bailes y estilos que habían aprendido de sus mayores. Eso sí, aportando cada uno su granito de arena en la evolución y enriquecimiento de ese repertorio tradicional, dando a cada baile su impronta personal, sus maneras y su personalidad artística y humana. Han dado y siguen dando, eso sí, pasos cortos, pero con ellos se han andado muchos caminos. Son artistas que han puesto en su baile detalles personales que llevan el sello indeleble de la flamencura, el color y el calor de lo jondo.

Por otro, asistimos a un ansia febril de experimentación, a una búsqueda apasionada de nuevos derroteros y nuevos territorios. Muy pocos se sienten satisfechos con bailar una seguiriya, un taranto o una soleá. Se siente una imperiosa necesidad de crear, de contar historias jamás contadas, de inventarse nuevas fórmulas expresivas, de andar nuevos caminos y adentrarse en tierras nunca holladas. Si en el siglo XX se bailó a Manuel de Falla, Joaquín Turina, Enrique Granados o Pablo Sarasate, hoy se baila a Johan Sebastián Bach, Gyorgy Kurtag, Bela Bartok, Luigi Nono, Astor Piazzola, Peter Gabriel y Tom Waits. Si se puso música y se contaron con pasos de danza las tragedias de Federico García Lorca y de Lope de Vega o los sueños y las andanzas de la Carmen de Prosper Mérimée, ahora se llevan a los escenarios flamencos los relatos de Franz Kafka.

Por contra, asistimos asimismo a un proceso de uniformización. Es como una globalización empobrecedora de lo flamenco. El ritmo de la bulería y la soleá-bulería reinan indiscutidos y amenazan con invadir territorios patrimoniales de otros estilos. Se han difuminado hasta casi desaparecer las fronteras que separaban el baile de hombre y el de mujer, el baile de falda y el baile de pantalón. Hoy la mujer zapatea como el hombre. Y no es eso lo malo. Lo peor es que está perdiendo el encanto que era consustancial al baile femenino. Esa gracia, picardía y sensualidad que distinguía el baile de mujer. Apenas presta atención a los brazos, a las manos o al cuerpo, y la bata de cola está cayendo en un alarmante desuso. Hoy los zapateados arrinconan las demás fases de la estructura de cada estilo, de la sintaxis consagrada por los tiempos. Hasta los marcajes están desapareciendo.

Hoy se buscan nuevas formas y actitudes, pero hay bailaores que poco o nada que transmitir mediante ellas. Son formas vacías de significado. Es la novedad por la novedad. Hoy se idolatra el virtuosismo, se paga tributo a la técnica y se rinde culto a la espectacularidad, al más difícil todavía. Si el hombre adornaba su baile con una pirueta, ahora se dan cuatro en el mismo tiempo. Si los brazos se elevaban en cuatro compases, hoy se suben en uno. El efectismo destroza la majestuosidad. El vértigo sustituye a la plasticidad. Y para colmo, en muchos espectáculos la percusión se impone a la música. El cajón sustituye a las palmas. Se gana en sonoridad, pero se pierde en matices y se ahoga la guitarra. El ritmo anula la melodía.

De las ansias de novedad que recorren y renuevan el baile flamenco, de cuanto de positivo tienen los tiempos actuales –que no es poco–, mucha culpa tiene la Bienal de Arte Flamenco de Sevilla, es decir, José Luis Ortiz Nuevo, que fue quien se la inventó. Él sembró inquietudes y dio alas a la imaginación de los artistas flamencos para que buscasen, en palabras suyas, Acaminos de vanguardia@, para que se lanzasen, Aal descubrimiento de lo nuevo@. Y esas semillas agarraron y fructificaron y cada dos años se han venido presentando, con motivo de la Bienal, los espectáculos más innovadores y vanguardistas de los últimos tiempos.

El éxito de unos pocos y la falta de personalidad de otros muchos son los principales causantes de los aspectos negativos que hemos señalado sucintamente. Y es que, cuando no se tiene nada que decir, cuando no existen sentimientos que transmitir con el baile, la única salida es recurrir a la técnica, tener por horizonte el mero virtuosismo. Para muchos jóvenes que se acercan al flamenco, lo único que cuenta es el ritmo y los alardes técnicos. Máxime cuando ven que con muy pocos mimbres están triunfando hoy algunos.
Se dan asimismo hoy circunstancias que en nada benefician al arte. La popularidad no se alcanza a base de bailar bien. Popularidad y arte van por caminos diferentes, a veces encontrados. Para muchos el éxito consiste en salir como sea en la pequeña pantalla. Así es como se consiguen después buenos contratos y se llenan teatros. Y es que lo que ha dado en llamarse Afamoseo@ se está imponiendo al mérito. Es además un éxito sumamente fácil, porque hoy, para bien o para mal, se aplaude todo o casi todo.

Pero, aún así, el baile y la danza flamenca siguen enriqueciendo su patrimonio y sus repertorios con nuevas obras, entre las que, para gozo de unos pocos, no es raro que surjan verdaderas joyas. Algo que estamos seguros que seguirá sucediendo en los tiempos que sucedan a los actuales, porque los principales protagonistas del panorama actual del baile flamenco son muy jóvenes y tienen todavía mucho que imaginarse, inventar, crear y decir en este arte.

José Luis Navarro García




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