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Reportaje: Geografía Flamenca. El Cante Flamenco en Jerez


Reportaje: Geografía Flamenca. El Cante Flamenco en Jerez




Revista La Flamenca: Revista nº 7 / año 2004 Noviembre Diciembre. José María Castaño

terremotode-jerezEn la contraportada de una de las ediciones de aquel extraordinario vinilo `Canta Jerez´ (Hispavox, 1967), su productor José Blas Vega comenzaba afirmando. ” A Jerez de la Frontera le sobran razones de tipo histórico, social y espiritual para ser considerada una de las más importantes cunas del arte flamenco”. Cierto. La considerada ciudad de los gitanos por Federico García Lorca ha sido el emporio que más ha contribuido a la nómina flamenca, tanto en calidad como en cantidad. La población situada en el punto equidistante de Sevilla y Cádiz, si trazáramos esa línea imaginaria que une ambas capitales, ha mantenido una situación estratégica que le ha permitido ir elaborando su propio acervo cantaor con aquel derivado de poblaciones cercanas como Los Puertos y la vecina Lebrija, por ejemplo. De hecho, Jerez aún mantiene incólumes dos barrios flamencos de especial incidencia en la historia del género jondo, tales que Santiago y San Miguel o La Plazuela, sin olvidar otro barrio, ya extinguido, que coincide con algunas calles del actual barrio de la Albarizuela o San Pedro. Sendos enclaves han sido un hervidero de familias cantaoras y una inagotable cantera de valores flamenco que hunde sus raíces en el tiempo pero sigue floreciendo en el complejo entramado del siglo XXI.

Además, la ciudad del vino y el caballo, tiene a gala ser la tierra del primer gemido cantaor, ya que la historia recoge dos nombres primerizos en este arte a finales del siglo XVIII: Tío Luis el de la Juliana (aunque el investigador Juan de la Plata hace llamar de la Geliana) y Perico Cantoral, iniciador de una importante y decisiva familia. Al primero, se le atribuyen algunas formas asociadas al cante por tonás como la toná-liviana, la del Cristo o la de los Pajaritos. Aunque envuelto en el misterio, Tío Luis, fue nombrado por Juanelo a Demófilo y parece que legó su magisterio al mismo Fillo. De la misma época encontramos a Perico Cantoral, uno de los primeros siguiriyeros, y entronque de Jesús y José Cantoral, de donde arranca la línea dinástica de los Torre. Eran tiempos donde afloraba la toná y tímidamente las siguiriyas. Tanto las escasas crónicas como la tradición oral citan a Juan y Vicente Macarrón, Tío Luis el Cautivo, Tía María La Jaca, el Cuadrillero, Manuel, José y Juan Cantoral y Curro Casado.

Ya en el siglo XIX, el acervo jerezano sigue creciendo con El Proíta, Alonso Pantoja, Tío Manuel Furgante, Tía Salvaora o Tío Corro, entre los más conocidos, sin olvidar a La Sandita, la Regalá, La Junquera, Salvaorillo y Diego El Picaó. De toda esta pléyade van a surgir cinco de los más importantes siguiriyeros de la historia del género. Los representados por los nombres de Marruro, el Loco Mateo, Paco la Luz, Manuel Molina y Joaquín Lacherna, quienes levantaron un auténtico monumento al lamento muy seguido aún en nuestros días. Junto a ellos, hay que citar a un nombre decisivo en el campo de la Soleá, como el de Mercé La Serneta, cantaora jerezana, aunque ya mayor marchara a Utrera, y creadora de 7 estilos fundamentales.

Este importante caldo de cultivo cantaor, detallado por Juanelo, paisano de ellos, a Demófilo, fue fielmente recogido por dos nombres que se antojan fundamentales y decisivos en el devenir de lo jondo: Don Antonio Chacón y Manuel Torre. Ambos nacidos en la Plazuela jerezana, en las calle el Sol y Álamos respectivamente. Si el primero fue un “rey midas” de cuanto tocó en el campo del cante andaluz, en especial el de Málaga y Levante, el segundo es el máximo exponente del genio y el misterio insondable de lo gitano-andaluz. Podría decirse que son dos caras de una misma moneda. Afortunadamente grabaron en placas de pizarra, ya entrados en el siglo XX. También lo hizo La Serrana, hija de Paco la Luz, de una dinastía que desembocará en los Sordera y el nunca bien ponderado y admirado Juan Valencia Carpio “Mojama”, que resume como pocos la escuela jerezana. Lástima que aún no se han encontrado grabaciones de un puntal de la soleá llamado Antonio Frijones, esencia de los cantes cortos y hablados de Jerez.

La importante nómina sigue fluyendo en el primer tercio del siglo pasado con el considerado “poeta del cante”: José Cepero legó no sólo unas elegantes letras también una discografía sumamente interesante, al igual que su contemporáneo Rafael Ramos “Niño Gloria”, cuyas recreaciones por saetas, fandangos y bulerías son un conjunto recreado hasta la saciedad. Sus hermanas, también artistas, fueron apodadas como las Pompis. Algo menos célebres fueron, por sus distintas implicaciones laborales Tío José de Paula quien reelaboró una siguiriya a partir de Paco la Luz, Rafael Pantoja “El Carabinero” y Juan Fernández Carrasco “El Manijero”, quien con sus hermanos (como el Tati, padre de “El Borrico”), fecunda una estela cantaora de primer nivel y de donde salen el citado, Terremoto, Tío Parrilla o El Sernita, nada menos. Y es que en Jerez, tan importantes han sido los artistas que tuvieron la suerte de dedicarse a ello por entero y grabar como aquellos otros que, sin ser profesionales, dejaron una impronta imborrable sin los cuáles no se podría entender tampoco la intrahistoria de la ciudad con universo cantaor de primer nivel. Hablamos, por ejemplo, de Antonio La Peña, el Sordo la Luz, Morao el Viejo, Juaniquí, Tío Cabeza, Juan Pastilla, Juan Jambre, el Chalao y un largo etcétera… en el que la mujer asume del mismo modo un papel preponderante con La Moreno, La Sabina, Luisa Requejo, Isabelita de Jerez y, más tarde, Tía Anica la Piriñaca.

Fue hacia la mitad y algunos años del siglo XX cuando la herencia jerezana es recogida y auspiciada por un grupo de intérpretes que sí ya gozaron de los adelantos técnicos para grabar. En Santiago tenemos a Tío Borrico, Serna, el Sordera, el genial Fernando Terremoto, Diamante Negro, Romerito y en La Plazuela, el Viejo Agujetas, Domingo Rubichi, El Rubio padre de la inmortal Paquera de Jerez.

Un entramado consanguíneo que unifica el milagro del cante jerezano, que como sus generosos vinos, mediante el sistema de soleras y añadas, va mezclando lo nuevo con lo viejo para conseguir un producto que es de hoy pero tiene rasgos y sabores de lo de siempre. De este modo, la indescriptible nómina actual con Chocolate, Agujetas, Rubichi, Manuel, Juan y Luis Moneo, El Mono, Fernando de la Morena, Ripoll, Salmonete, Luis el Zambo, Capullo de Jerez, Vicente Soto, José Mercé, Elu de Jerez, Macanita, no son sino el cálido reflejo de un pueblo cantaor cuya historia sonora es uno de los grandes patrimonios orales de la Humanidad. Y eso, sin citar los capítulos del baile y el toque, que darían para algunos capítulos más.




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