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Reportaje: Paco de Lucia


Reportaje: Paco de Lucia




Revista La Flamenca: Revista nº 6 / año 2004 Septiembre Octubre. José María Castaño Hervás  Foto: Jorge Arroyo

foto jorge arroyo

En su último trabajo “Paco deLucía, en vivo” (Editorial Plaza Abierta; Madrid 2003), el periodistaJuan José Téllez, escoge para la contraportada un magnífico retazo literario firmado por Félix Grande que dice así: “Paco de Lucía, cuando tenía ocho años, se sentó en una silla con todo el fardo de su infancia a la espalda. Empezó a hacer escalas, arpegios, trémolos, acordes, rasgueados… Han pasado los años. La guitarra flamenca, gracias a Paco de Lucía, habla con un nuevo lenguaje. Un lenguaje expresivo y emocional infinitamente más complejo y más grave que tuvo jamás. En el rostro de Paco de Lucía, por entre la energía, la bondad, la inocencia, asoman los zarpazos, de la angustia y la devastación”. (“Paco de Lucía y Camarón de la Isla”). Si Grande ya había proclamado en cierta ocasión que lo del flamenco era “la historia de una lágrima duradera”, lo mismo podemos decir de la evolución de Paco, sumido desde tan pequeño en la enorme responsabilidad de actualizar un sonido heredado. Y todo ello, a partir de encuentros y desencuentros, soledades varias, férreas disciplinas, pérdidas irreparables y una sobrenatural capacidad musical que sirvió de cauce a todo ello.

La historia pudiera comenzar cuando al amanecer de un día cualquiera de los primeros años 50, el patio de una casa del barrio de la Bajadilla de Algeciras, un enclave pobre y humilde, rodeado de familias gitanas, se viera convertido en parada madrugadora de un puñado de flamencos abatidos por mal vender su cultura. Al frente de ellos, Antonio Sánchez Pecino, padre del pequeño Paco, pedía a la Portuguesa, su esposa, una cafetera llena de malta caliente para desayunar. La fiesta continúa para celebrar la vida. Suenan guitarras, palmas, compases, cantes de gargantas rotas y desengañadas… Al fondo, se puede observar la figura menuda de un niñito, el quinto de sus hermanos, que va repitiendo el ritmo tras las cortinas de su tímida infancia. Aquellas mañanas se repitieron hasta que el Niño de la Portuguesa, se vio tocando entre ellos y parte de lo que sería el rito de una supervivencia básica. “Antes de poner los dedos sobre la guitarra, yo sabía todo del flamenco; los ritmos, incluso los más complejos, el lenguaje”, le comentó el artista a Téllez en cierta ocasión.

Claro que, en esa primera etapa de descubrimiento y formación, junto a las ingeniosas fórmulas nacidas de la cooperación a una casa humilde, se erige en protagonista su padre, quien como músico, supo ver desde un inicio las excepcionales cualidades de su menor y le aplicó una férrea disciplina de conocimiento y técnicas. El escritor Enrique Montiel señala a “Antonio Sánchez como una especie de Leopold Mozart, exigente y conocedor del extraordinario talento musical de su hijo Paco”. Llegaban a ser hasta catorce horas de ensayo diarias, que en un niño prodigio se multiplicaban por tres.

La etapa clásica de Paco

Es una época que podríamos situar entre 1959, cuando con pantalón corto aparece a la luz con su hermano Pepe, hasta 1972, año de alumbramiento de obras como “Duende” y “Canastera”. Su primera grabación vino a raíz de ganar un concurso en el Teatro Villamarta de Jerez, cuando corría mayo de 1962, con tan solo 14 años. El resultado fue un Ep, editado por Hixpavox, bajo el título de “Los Chiquitos de Algeciras”.

Más tarde, el guitarrista comprobaría las fauces del exilio en tierras norte americanas, muy lejos de su Algeciras natal, cuando se enrola, junto a su hermano, en la compañía de baile de José Greco. La experiencia amplió sus horizontes de adolescente y comprobó la creatividad que surge del “echar de menos”, además lo disciplinó bajo las órdenes de un cuerpo de baile. Una gira posterior lo llevaría por los cinco continentes, apenas había cumplido los 18 años de edad. Ya por entonces estaba llamado a ser un fenómeno universal aún proclamando con su instrumento los secretos de una música tan focalizada en algunos sitios de Andalucía.

Tras un sencillo de 1964, su primera obra solista se fecha en 1967 con el título de “La fabulosa guitarra de Paco de Lucía”. Según Norberto Torres Cortés, uno de los mejores analista de su obra: “Escuchando cómo tocaban sus mayores en la época, no es azaroso afirmar que Paco de Lucía era con 16 años uno de los mejores guitarristas de la época en ejecución”. Su toque era flamenquísimo y diáfano como un atardecer en la playa del Rompidillo y aquellas experiencias los cimientos musicales de una obra que pronto buscaría los nuevos horizontes hacia un propio lenguaje. Pero, el artista no se siente plenamente formado y bucea en las bases musicales de coplas andaluzas y antiguas canciones que ya había armonizado Federico García Lorca, que quedarán plasmadas en un doble LP con Ricardo Modrego en 1965 y un sin fin de acompañamientos a grandes figuras como Fosforito, Lebrijano o La Niña de la Puebla, entre otros. En esa exploración de nuevos conceptos comienza a coquetear con Pedro Iturralde y un proyecto de Flamenco y
Jazz.

Su encuentro con Camarón de la Isla

“Fantasía Flamenca” en 1969, es todo un alarde de virtuosismo desde lo tradicional que va a desembocar, en un encuentro feliz para el flamenco. En los billares de la Plaza Callao de Madrid, José y Paco se van a encontrar formando, desde entonces, una brillante pareja a la par que un “profundo encuentro de sensibilidades artísticas”, a decir de Montiel. Juntos desafiaron las leyes flamencas y descubrieron planetas de nuevas sonoridades que retaban a lo viejo en pureza. Un buen número de LP´s, hasta “Castillo de Arena” (1977) certifican un cruce
definitivo para la milenaria música andaluza.

Mientras tanto, Paco va a seguir como solista al mismo tiempo, reinterpretando con respeto y rigor los toques de Montoya, Niño Ricardo (su primer ídolo) y Sabicas, principalmente, en una obra “Fuente y Caudal” (1973) que lo llevaría a la fama con la rumba “Entre dos aguas” y lo certificaría con un concierto en el Teatro Real de Madrid, editado en 1975. Para luego lanzarse sin paracaídas en obras tan fundamentales como “Almoraima” (1976). Sus flirteos con músicos del jazz – fusión y el rock como Mc Lauglhin, Coyrrell, Al di Meola o Santana cada vez son más constantes y terminarán abriendo una nueva época en la creatividad de Paco y, por ende, del flamenco.

La universalidad y la vanguardia

En 1981, aparece “Sólo quiero caminar” reinventado y estructurando el concepto del grupo flamenco (el afamado sexteto) y la incorporación de nuevas instrumentaciones cuyo resultado se plasmaría en un directo alucinante. Antes, en 1978, su curiosidad lo dirigió a Falla y lo clásico para interpretar, algunos años más tarde, el Concierto de Aranjuez del maestro Rodrigo. También, en este período, se constata su impresionabilidad por las músicas latinoamericanas y con Al di Meola y Jonh McLaughlin, experimenta “Nigh en San Francisco” (1981) en una apertura sin complejos y sin precedentes. El público internacional de rinde ante una nueva deidad de las seis cuerdas. Así, en 1987 graba “Siroco”, para muchos una de sus obras cumbres, y en 1990 “Zyryab”, en homenaje a aquel músico persa instalado en la Córdoba califal. Tras ese inevitable encuentro con la madurez artística y la pérdida de muchos seres queridos, se produce la introspección y el desasosiego que atrapará en “Luzia” (1998), donde, incluso, canta él mismo a Camarón y a su madre. Mas, lejos de agotarse y perderse en los laberintos de la melancolía, se enfrenta a una diabólica y compleja sensación rítmica, con “Cositas Buenas” (2004), última de las obras del de Lucía hasta el momento y coincidente con el Premio Príncipe de Asturias.

Desde aquel niño, despertado en su infancia por cantaores en el patio de su casa, disciplinado hasta el extremo por su padre y las duras condiciones de vida hasta el músico que llena teatros y devociones desde Nueva York a las Antípodas, está el más importante intérprete y creador de historia del género jondo. También, un hombre, sencillo y huidizo, rebelde e inconformista, que sigue rasgueando su guitarra como quien deshoja las páginas de la historia de esa lágrima duradera que contaba el escritor.




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