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Entrevista: Salvador Tavora


Entrevista: Salvador Tavora




Revista La Flamenca: Revista nº 24 /año 2008 Marzo Abril Fotos: Luis Serrano

Salvador-TavoraSiempre soñamos con viajar en el tiempo, y con artistas de la entidad de nuestro entrevistado debemos ajustarnos bien el cinturón porque nos disponemos a trasladarnos a otras épocas. Principiamos con la llegada al polígono industrial de Hytasa, en el barrio del Cerro del Aguila que le vio nacer, y ya rondaba nuestra mente la imagen de la escuela de la Bauhaus o el mismísimo Andy Warhol. Nuestro protagonista, Salvador Távora, a su casi ochenta años ha emprendido un gran proyecto cultural en este entorno industrial, lo está humanizando como nos confesó, pero pocos artistas se lanzan a estas aventuras de levantar su propio teatro. A esta propuesta se les ha sumado el grupo teatral Los Ullen, o la productora Maestranza Films, que también se han trasladado a naves contiguas. Que disfruten del viaje.

La única posibilidad de salir del barrio y de la angustia económica era ser cantaor o torero

Pocas veces me ha citado un artista delante de un ordenador ¿Le gusta escribir?
Yo siempre he escrito mucho, debido a mi deseo de contar mi propia experiencia, no por una vocación literaria. Escribir no es difícil, lo difícil es tener algo sobre lo que escribir y escribirlo.

¿Y de donde le viene esa formación siendo de un barrio tan humilde?
Pues de aquí mismo. En esta fábrica empecé yo de aprendiz y después de la faena recibía dos horas de clases de Armando Astolfi que trabajaba en la oficina. Puedo considerar que en aquel tiempo era de un nivel bastante superior al de la universidad, porque nos enseñaban cosas de libros que estaban hasta prohibidos.

¿Entonces se puede decir que tiene tanto la universidad de la calle como la letrada?
La universidad de la calle, del trabajo y del estudio, eso hizo que aprendiera una escala de valores que he aplicado durante toda la vida. Aquella época era muy cruel ser niño de un barrio como este, había muchas dificultades, incluso para encontrar que comer.

¿Eso si que era una existencia vital, nunca mejor dicho?
En aquella época los grandes cantaores de expresión directa, esos magníficos fandangeros, tuvieron la mejor fuente de inspiración, que era contar sus propias vidas. Niño de la Calzá, Bizco de Amate que es de este barrio, Carbonerrillo, cantaban sus propias enfermedades, sus propias angustias.

¿Y donde tuvo la oportunidad de escuchar a esos cantaores?
Mi vida transcurría en el barrio, y yo los escuchaba en las tabernas. En cada barrio teníamos nuestros ídolos, y cuando venían eran nuestro anhelo. La única posibilidad de salir del barrio y de la angustia económica era ser cantaor o torero, y yo aquí en mi barrio tuve ambas vivencias, la del cante y la del toreo en el matadero.

¿En ese ambiente es donde descubre sus facultades?
No solo facultades, sino que gozas con eso. Descubres los colores, los olores, los trajes de torero y los que te ponías para cantar, la grandeza de las plazas, donde había tanto toros como flamenco, descubres el juego con la muerte. Pero sobre todo la posibilidad de entrar en el mundo del arte donde sublimar las penas. Yo no concibo el cante flamenco sin otra fuente de motivos que no sea la pena

¿Esa pena le hizo alejarse del mundo del toro?
Cuando veo morir a Guardiola en la plaza, y tuve que matar su toro me fui difuminando de ese ambiente pero nunca lo he abandonado. De hecho cuando monté “Carmen” no pudo faltar un toro y mi último espectáculo ha sido un encargo para la Feria del Toro, que sin esa experiencia no lo podría haberlo hecho.

¿Eso ha querido transmitir también en su penúltimo espectáculo “Flamenco para la Traviata” que ahora mismo se representa en su teatro?
A mi todos los días me conmueve, son catorce fandangos distintos donde vuelvo a ver y oler ese mundo de mi juventud.

SALVADOR TAVOR 2¿La trae recuerdos de esas grandes troupes de la Ópera Flamenca?
A la Opera Flamenca llegaba el cantaor que era popular en un barrio. Cada día podía cambiar el espectáculo, eran unas variedades, y entonces el empresario se hacía eco de esa popularidad y los contrataban. Yo he llegado a participar en espectáculos de Saavedra haciendo dúos con Paco Taranto y Manolo Sanlucar. Era un culto al virtuosismo, y el propio cantaor se creaba en su conciencia la figura de divo como Marchena o Valderrama pero no perdían sus recuerdos y su arraigo popular. Lo que ocurre es que el que hacía mas gorgoritos se decía que era mejor cantaor, incluso se lo llevaban al cine, pero lo pedía el público. Yo estuve también con Juanita Reina y Gracia Montes. Todo aquello para mi fue un mundo de enseñanza.

¿Y que aprendió en esos espectáculos?
Era una enseñanza social, porque yo por mi barrio no iba con el traje puesto, solo para las giras. Allí empecé a darme cuenta de que el cante iba por un lado y la vida de la sociedad andaluza iba por otra. Los espectáculos eran una distracción, mejor dicho, era una enajenación del pueblo. Al no haber televisión la gente escuchaba los cantantes en la radio y luego iban al espectáculo y podían tocar a sus ídolos. Ahí se produjo un cambio fundamental en el cante cuando Mairena y Ricardo Molina empezaron a frecuentar el bar de Pepe Pinto, yo solía ir, estaban también Fosforito y Naranjito de Triana. Se dieron cuenta que el cante era algo más que un divertimento, no solo facultades de emplear la voz, el cante debía tener un desgarro. La gente no quería escuchar las solea, y eso que Valderrama llevaba a Fósforo cantando soleares, solo Pinto llegaba con cantes como malagueñas, pera la gente quería coplas.

¿Y por ende la moda de los Quintero, León y Quiroga?
Normal, todos los fines de curso en las escuelas se hacían obras de los hermanos Quintero, por eso luego esos espectáculo en el teatro atraían también a mucha gente, pero yo ahí no aprendí.

¿Como fue entonces su acercamiento al teatro?
Lebrijano me llamo para cantar en el espectáculo “Oratorio” en el Festival Internacional de Teatro de Nancy (Francia) de 1.971. Vi cosas magníficas apoyadas en los cantes y los rituales de los pueblos, sobretodo una compañía japonesa, era un teatro de los sentidos diferente a lo que se hacía en España.

¿Por eso tituló a su primer obra “Quejío”?
Era un espectáculo hecho con cante, yo había intentado llevar mis canciones a un espectáculo, pero estaban censuradas, luego las grabaron Jarcha y Nuevo Mundo. Nosotros conseguimos eludir la censura en “Quejío” porque cuando llegaba el censor los cantes los hacíamos como en la zarzuela, como en esos teatros de antes, pero luego lo representábamos con cante flamenco, expresando esos sentimientos. Pero en un teatro pequeño como era el Magallanes y tan tarde los censores tampoco se preocupaban que fuese flamenco.

¿El flamenco siempre estuvo permitido?
Mairena tuvo la habilidad de que se le pusiera atención al flamenco. En Madrid había muchos tablaos, era una evasión nocturna para la gente con dinero, pero Meneses, Morente o Gerena le dieron otro aire y algunos colaboraban con nosotros y creamos algo que no existía, aunando la escena con los cantes trágicos, incluso hasta la petenera, llevando el cante a motivos físicos como cuando nos atábamos las manos

¿Y también tuvo un papel importante Paco Lira?
Fue el que permitió que todos nos reuniéramos bajo un mismo techo, en La Cuadra. Era un refugio donde tenía cabida todo lo que no era oficial. El propio Cabrero iba por allí, pero el cantaba Tango Argentino. Me acuerdo que cuando se unió dijo que tenía que ir al pueblo a por el traje y yo le dije que no, que lo quería como iba vestido, y desde entonces así se quedó.

¿Otra persona importante en su trayectoria ha sido José Luis Ortiz Nuevo?
Lo conocí en Madrid en el San Juan Evangelista, lo considero alguien fundamental en ese cambio. Con los grises en la puerta corriendo la gente a palos y todo por que cantábamos de otra manera, no para divertir. Yo monté en Bruselas el espectáculo “Andalucía Amarga” con emigrantes andaluces, luego con el Poeta pudimos representar muchas obras en la Bienal, pero la primera colaboración fue con esa obra en la capilla de San Hermenegildo y estuvimos durante un mes.

¿Hablando de Bienal, le han llamado para la de este año?
La verdad es que no han contado con nosotros, pero es que hemos levantado todo lo que tenemos sin ayuda, a base de sacrificio y de hipotecar todo lo que habíamos conseguido hasta ahora. Ahora sí están interesadas las administraciones en nuestro proyecto, pero entiendo que deben colaborar, esto es una industria más, somos muchas familias las que comemos con esto. Se que es un espacio difícil para que acuda la gente, pero en él la gente puede sentir de cerca lo que quieren expresar los artistas.

¿Cómo prepara sus espectáculos para que haya esa transmisión?
Yo inculco a mi compañía que estudien la obra, les explico la historia, analizamos los personajes, el porqué se cantan esas letras o porque hay que llevar el caballo de esa manera. El flamenco se pueden enseñar técnicamente, pero enseñando también ese sufrimiento y el dolor. Mis compañeros me respetan por eso, porque conozco el mundo del flamenco, como también el del toro y el del caballo. Y de la crítica no me puedo quejar.

¿Ese reconocimiento se resume en tantos premios?
Para mi es un orgullo ver en tu barrio una calle con tu nombre y la de tus obras. Me han nombrado hijo predilecto de Sevilla y me han otorgado premios por todo el mundo, y ese es el estímulo que hace que siga cada día y no pensar en la jubilación aunque económicamente nos hallamos quedado débiles e hipotecados para siempre, pero no me arrepiento de nada de lo que he hecho

¿Y que proyecto tiene ahora en mente que le impide jubilarse?
Ahora quiero poder comercializar todos los espectáculos en DVD, pero es complicado reunir de nuevo a tantos aristas para que cedan los derechos, y por desgracia también hay muchos que ya no están con nosotros. A mi edad es normal que muchos compañeros y amigos se hayan ido, pero es importante mantener su memoria.




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