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Reportaje: Geografía Flamenca: El Cante de Utrera


Reportaje: Geografía Flamenca: El Cante de Utrera




Revista La Flamenca: nº 10 /año 2005 Mayo Junio/ Kiko Valle. Fotos:Carlos Arbelos

Fernanda y Bernarda de Utrera

Algo más de doscientos años nos separan del nacimiento del flamenco. Si bien las primeras referencias que tenemos sobre lo jondo se remontan a finales del siglo XVIII, poco después encontramos en Utrera el germen de lo que hoy es admirado y distinguido por su particular sello y denominación de origen. Junto con Triana, Cádiz, Jerez, Los Puertos y La Isla, Utrera se considera cuna del cante. Ya en la primera mitad del siglo XIX aparece aquí Perico Mariano como creador de tonás, el bailaor Félix el Mulato y los hermanos Perico y Juan, conocidos como los Pelaos de Triana. Pero no es hasta la segunda mitad del mismo siglo cuando el pueblo de los mostachones acoge en su seno a figuras de la talla de Mercé la Serneta, Joaniquí, Pinini y Rosario la del Colorao.

Curiosamente, a excepción de Rosario, ninguno de estos cantaores nace en Utrera. Jerez tuvo, una vez más, el privilegio de esuchar el primer llanto de una cantaora sin par: María de las Mercedes Fernández Vargas, “La Serneta”, que ve la luz el 19 de marzo de 1840. También es cierto que no ha tenido mucha suerte con los investigadores que se han ocupado de su biografía, ya que muchos han fijado su fecha de nacimiento en 1837 y su llegada a Utrera cuando ella contaba con 23 años. José Manuel Martín Barbadillo, experto en genealogía de grandes casas cantaoras, ha demostrado con documentos (libros padrones) que Mercé llegó ya sexagenaria, aunque visitara siendo más joven la localidad para cumplir sus contratos como artista. En cualquier caso, La Serneta ha pasado a la historia por su soleá “apasionada y dulce”. Se le atribuye la creación de siete estilos, dos de los cuales poseen claras influencias trianeras. Aún así, se identifican entre los aficionados como soleá de Utrera o soleá de La Serneta, una bella jerezana que además de cantar, tocaba la guitarra, llegando a ganarse el pan en Madrid impartiendo clases a miembros de la aristocracia.

Pinini nace en Lebrija, localidad hermanada con Utrera por compartir la campiña y mantener lazos de comunicación gracias al ferrocarril. No en vano, familias con la enjundia de los Perrate (El Perrate, La Perrata, El Lebrijano, Dorantes…) permanecen todavía hoy repartidas entre estos dos pueblos. Joaniquí, a pesar de ser conocido como de Lebrija, nació en Jerez, pero vivió en una choza en El Cuervo y se apuntó a cada juerga que se organizaba en los municipios vecinos. Su vinculación con Utrera y el hecho de que permaneciera aquí la mayor parte de su vida, justifican su presencia en la nómina de cantaores locales. Su soleá, además, es heredera de los aires de La Serneta, pero posee rasgos personales lo suficientemente definidos como para ponerle nombre aparte. Dice Alberto García Reyes que era un cantaor raro al que no le gustaba que lo acompañaran a la guitarra, por lo que solía hacerse compás con los nudillos.

Popá Pinini viene al mundo en 1863 y con seis o siete años se instala en Utrera. Como la inmensa mayoría de los gitanos de Utrera, se hace matarife, y trabajó en Cádiz, de donde puede que tomara el gusto por la cantiña que después le hizo famoso. Pero no hace falta tener mucho oído para adivinar que su estilo no está emparentado con los gaditanos. Su simpatía y su gracia se siguen pregonando y a todos nos suenan las letras que aluden al alboroto que formaba cuando venía borracho por la Fuente Vieja.

El 5 de febrero de 1871 nace en Utrera María del Rosario Torres Vidal, “Rosario la del Colorao”. Vivió siempre en la gitanísima Calle Nueva y tuvo un puesto de cal. Supo magnificar el legado de La Serneta, pero su cante fue más potente y expresivo, lleno de frescura en el caso de la cantiña y la bulería.

El cante de Utrera huele a soleá, cuplé, bulería, tientos, cantiñas… y se caracteriza por su inconfundible compás, lejos de imitar los sones que empalagan ya por su repetición. Sus artistas llevan a gala el haber bebido de todos pero no parecerse a nadie. Cada uno de los innumerables flamencos de este bendito pueblo ha dejado para los restos su “mijita” de sabor.

Es hora de acordarse de José Fernández Granado, “El Perrate”. Los metales de su soleá rebosan la exquisitez de un cante bien dicho. El compás se le escapaba del cuerpo cuando abría la boca por bulerías y su seguiriya se “clava en el humazo” desde que se queja en el temple. Gaspar es otro coloso, quizás torpe para el artisteo, pero vivo y grande como el que más. Su forma particular de expresar el cante es genuinamente utrerana. Su sosiego, el aplomo y el coraje contenido hacen de su garganta referencia obligada para el que quiera sentir en sus carnes los deliciosos puyazos del duende. Aunque si desean rabiar de dolor, no hay más que escuchar el lamento de su Majestad la Soleá, Fernanda de Utrera. Su negra voz rota araña los sentidos y aunque muchos la consideran portadora de los cantes de Mercé, que escuchó ya traducidos por la bravura de Rosario la del Colorao, puesto que Fernanda nace en 1923 y La Serneta murió en 1912 sin dejar nada grabado, Fernanda ha sabido reinterpretarlos de tal forma que Mercé queda a la sombra ante la soleá soberbia, racial e hiriente de la que es, sin discusión alguna, la mejor solearera de la historia del flamenco. De ahí la reivindicación de que le sean atribuidos estilos propios y que se conozcan como soleá de Fernanda. Pero su nombre queda cojo sin el de su inseparable hermana, Bernarda de Utrera, pura rabia y compás sublime en el terreno de la bulería y el cuplé por bulería.

En la vertiente más liviana, pero no por ello menos importante, destacaron Enrique Montoya y Bambino. El primero enamoró con su verso y dulzura, el segundo inundó el mundo llevando a su pueblo por bandera, derramando el corazón en cada escenario. Su cante canalla y arrebatador, lloraba los desengaños abrazado a la rumba y el cuplé por bulería, creando un estilo que, como el de Fernanda y Bernarda, Perrate y Gaspar, nadie ha sabido imitar, quizás por indecisión en el atrevimiento o porque sencillamente son inimitables.

Curro de Utrera, Manuel de Angustias, La Perrata, Cuchara, el Niño de Utrera, el Turronero, El Chato, Rafael de Utrera, Pepa de Benito y Tomás de Perrate, entre otros muchos, podrían completar el elenco. Entre vivos y muertos, se podría formar un cartel que sería la envidia cochina de cualquier comarca cantaora. Y es que como el cante de Utrera…




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