El bailaor sevillano muestra su faceta más experimental en Madrid.
Revista La Flamenca. David Plaza Cervantes.16/10/2026. © La Bienal de Flamenco. ©Laura León
Hay creadores que levantan espectáculos y otros que construyen universos. Andrés Marín pertenece desde hace tiempo a esta segunda categoría. Su nuevo trabajo, “Desierto”, presentado en Madrid tras su estreno absoluto en la Bienal de Sevilla, vuelve a situar al bailaor sevillano en ese territorio creativo tan suyo donde la tradición flamenca deja de ser un repertorio para convertirse en materia de pensamiento.
Lejos de cualquier aproximación costumbrista, “Desierto” toma como punto de partida la Alameda de Hércules (Sevilla), el emporio artístico en el que el cante se estilizó entre los siglos XIX y XX, y espacio fundacional en la biografía artística y emocional de Marín, para adentrarse en una geografía mucho más abstracta. No se trata de reconstruir un lugar ni de evocar una época concreta. Lo que interesa aquí es la huella, el eco, el vacío que dejan las cosas cuando desaparecen. La Alameda como recuerdo, pero también como pérdida. La Alameda convertida en estado del alma. Esa es, según ha explicado el propio proyecto, la verdad poética que persigue la pieza frente a la mera realidad de los hechos.
Desde el primer instante, Marín propone una travesía por esa intemperie. Su baile no narra. Sugiere. Interroga. Avanza a golpes de intuición y de riesgo. Como en sus trabajos más inspirados, el movimiento parece surgir de una necesidad interior antes que de una lógica coreográfica preestablecida. Hay momentos en que el cuerpo se tensiona hasta rozar la extenuación, y otros en los que la quietud adquiere una densidad casi física. El silencio, tan importante como el sonido, se incorpora al discurso con una elocuencia inhabitual.
La dirección musical contribuye decisivamente a la construcción de este paisaje fronterizo. El piano de Pepe Fernández y la guitarra de Salvador Gutiérrez transitan entre la evocación flamenca y una sonoridad contemporánea que evita cualquier tentación ilustrativa. Todo aparece envuelto por una atmósfera de extrañamiento donde la música parece orbitar alrededor de la emoción sin llegar nunca a explicarla. Un procedimiento coherente con la propia naturaleza de la obra, que rehúye la descripción para instalarse en la sugerencia.
Y en medio de ese territorio emerge la voz de José de la Tomasa, presencia decisiva del montaje. Su cante funciona como una suerte de memoria viva que atraviesa el espectáculo y le proporciona una hondura difícil de impostar. No actúa como contrapunto tradicional frente a la modernidad de Marín, sino como parte esencial de la misma búsqueda. Su aparición introduce una dimensión temporal que conecta el presente escénico con toda una genealogía del flamenco vinculada precisamente a aquella Alameda desaparecida que inspira la obra.
Resulta especialmente interesante comprobar cómo Marín sigue desarrollando una vía artística que muy pocos creadores han logrado sostener con semejante coherencia. Su vanguardia no nace de la negación del flamenco, sino de una inmersión radical en sus raíces. En “Desierto” no hay provocación gratuita ni ejercicios de contemporaneidad epidérmica. Todo parece responder a una necesidad expresiva profundamente personal. Por eso, incluso cuando la obra transita por sus zonas más herméticas, mantiene intacta su capacidad de fascinación.
No es un espectáculo complaciente. Tampoco busca el aplauso fácil ni la emoción inmediata. Exige al espectador una disposición activa, una escucha abierta a las resonancias y a los huecos. Pero precisamente ahí reside gran parte de su valor. En tiempos de saturación visual y narrativa, “Desierto” reivindica el misterio, el derecho a la incertidumbre y la potencia poética de aquello que no termina de revelarse.
Andrés Marín vuelve a demostrar que es uno de los creadores imprescindibles del flamenco actual. Y lo hace habitando un lugar poco frecuente: ese espacio donde la memoria se convierte en lenguaje escénico y donde el baile deja de representar el mundo para preguntarse por su sentido. En ese territorio de sombras, silencios y preguntas, “Desierto” encuentra su verdadera dimensión. No como paisaje físico, sino como condición humana.
Ficha artística:
Baile, coreografía, dirección artística y musical: Andrés Marín.
Cante: José el de la Tomasa.
Piano: Pepe Fernández.
Guitarra: Salvador Gutiérrez.
Acupuntura: Karina Oliveira.
Textos: Luis Ybarra.
Electrónica: Óscar Mulero - The Cycle (Token83), con epílogo musical “Requiem Desierto” de Alberto Carretero.
La pieza incorpora fragmentos de “Para terminar con el juicio de Dios” (1947) de Antonin Artaud, traducido por Jean François Carcelén y “Fiesta” (2024) de Juan Domínguez.
220 espectadores (media entrada).
85 minutos.
Teatros del Canal, sala Verde (Madrid, 15/10/20269, 20:30 h.)
