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Flamenco Antiguo: Joaquín El de la Paula (1875-1933)


Flamenco Antiguo: Joaquín El de la Paula (1875-1933)




Revista La Flamenca: Revista nº 13 / año 2006 Enero Febrero

joaquin-de-la-paulaSi entre todas las soleares, hay un repertorio terminado, es el de Alcalá. Esta zona ya tenía sustrato propio a mediados del XIX, pues hacia 1848, las cuevas del Castillo de Alcalá. (s. XIV) servían de hogar a numerosas familias gitanas, con trianeros como José el Pelao, Currita la Regalá, la Azalea o la Guaracha, que dejaron su impronta en estas tierras panaderas. Allí vivió el matrimonio formado por José Fernández Torres “El Gordo” y Paula Franco Aguilera, que parieron una de las sagas cantaoras más influyentes del cante con mayúsculas. Carmen y Vicenta, cantaban la soleá bailable y pura. Agustín y Joaquín pararon el cante y lo estructuraron para ser escuchado. Los cuatro restantes fueron también varones, José (padre de Manolito el de María), Manuel “El Lillo”, además de dos hermanos que murieron muy pequeños. Joaquín nació el 12 de febrero de 1875, dedicándose a pelar los borricos de las panaderías, oficio que alternaba con el cante en la Venta Platilla o en Casa Cachito. Se casó con Caridad Vargas Carrillo “La Cholona”, siendo padre de dos hijos: Enrique e Hiniesta. El prematuro fallecimiento de su esposa y la necesidad de contar con una madre para sus hijos, le llevaron a juntarse con otra gitana: Rosario Jiménez García (de la familia de Mairena), que aportó otra hija: Mercedes.

Como cantaor de cuartos, aguantó bastante. Contaba Manuel Beca Mateo, de cuando lo llamaron para una fiesta en casa de “La Coneja”, que cantó durante toda la noche y, cuando el que tenía el dinero hizo ademán de marcharse sin satisfacerle, le dijo: “Pero, ¿Te vas sin darme na?”, acusándolo el señorito de haber comido y bebido en abundancia, a lo que Joaquín respondió: “Pero ¿Tú crees que mis hijos son camaleones?”. El caso es que no cobró, pero se despachó a gusto: “Vete con Dios, y quiea Él, que cuando otra ve te metas en juerga y se te antoje cante… te canten los curas”.

Sobre su analfabetismo se habló bastante, hasta que en una entrevista, su hija Hiniesta contó a Manuel Martín Martín que “le gustaba mucho leer Historia Sagrada”. También escribía bien, a pesar de hacerlo sobre un lavadero que apoyaba en sus rodillas, sentado sobre la única silla que le quedó después de quemar el resto para paliar el frío. Era tan ingenioso que estaba toda la noche sin repetir ni una letra: las creaba según las cantaba. “Fue la encarnación de la gracia gitana”, decía Beca Mateo, quien cuenta como lo invitó a cenar con el fin de sacarle algún chiste para su libro: “Apareció vestido de limpio, con pantalones y camisa blancos, con un sombrero de paja. Parecía un indiano”. El menú, de ricos manjares ajenos al invitado, en lugar de humor provocó la mayor de las tristezas cuando Joaquín suspiró: “!Qué biberón más güeno pa mi niño er chico¡”. Beca le regaló unos duros de plata, exclamando entre risas y lágrimas: “Don Manué, cuando me vean llegá mis churumbeles en coche, vestío de blanco, con este sombrero y sonando en er borsillo estos machacantes, van a preguntarme: Bato, ¿Viés de Puerto Rico?”.

Pero lo que le marcó sobremanera fue su participación en la Guerra de Cuba, en lugar de su hermano José. De América volvió con fiebre amarilla. Tras el vómito negro, desarrolló tuberculosis y la enfermedad de Addison, que le afectó a los riñones. Con estas, murió a los 58 años, el 10 de junio de 1933, 41 días antes que su amigo Manuel Torre. Las 14 pesetas que llevaba en el bolsillo no le sirvieron para pagarse su entierro, cuyos gastos costeó el dueño de la fábrica de aceitunas donde trabajaba su hija.
De su obra, nos han llegado tres de los estilos de soleares que remató y engrandeció, y otro menos fiable. Según Mairena, “cuando Manuel Torre quiso hacer el cante de Alcalá, acostumbrado a mejorar lo pobre y en-grandecerlo, no lo consiguió (…). Lo mismo los Pabones, que no pudie-ron con el cante alcalareño (…). Todos los gitanos sevillanos, jerezanos y de los Puertos fracasaron…”. Tan sólo encontró dos fieles intérpretes. Uno: “porque era astilla de la misma madera: Juan Talega”. Otro, un gitano de Marchena: “Manolo el Chindo”, que hacia llorar a Joaquín.

Durante los últimos años de su vida recibió ofertas para grabar, pero “le parecía que no estaba bien que le oyeran cuando quisieran, sin pagarle”, según su hijo Enrique. Finalmente le convencieron, aceptando ir a Barcelona, cosa que no cumplió por empeorar su enfermedad. Pero, en vida de Joaquín, se hicieron numerosas grabaciones de sus cantes. Según la discografía conocida (sobre todo la obra y enseñanzas de Talega y Mairena), los estilos que recreo fueron:

1.- Una Solea Grande o de Inicio. De cuatro versos y ocho tercios. La fijó a principios de siglo XX. El primero en grabarlas, fue el Niño de Marchena (1925, 1928, 1929), seguido de Tomas Pabón, Pastora, Manuel Torre, Pena Hijo, La Pompi, El Gloria, Niño de Cabra…

2.- Una Soleá Corta o de Cambio: de tres versos y tres o cinco tercios. Es muy posible que en origen fuera una soleá bailable, aunque también hay quien piensa que procede de La Serneta. Como la anterior, también pudo fijarla entre 1910-1920. También fue Marchena el primero en grabarla (1925 y 1929), seguido de Tomás, Pastora, Manuel Torre y El Gloria, Rengel, Cojo Luque…

3.- Un Soleá de Cierre: De tres versos y seis tercios. Quizás el más antiguo de los tres estilos, por su aire bailable. Debió fijarla antes de que acabara el siglo XIX. Este estilo dio lugar a otro, con un aire aun más bailable, desarrollado por La Jilica. Es el que mayor dificultad entraña en su ejecución de entre los cantes alcalareños. Son Cepero Escacena y Marchena (1928), seguidos por Pena Hijo, Cojo Luque, Palanca.

4.- Una Soleá Corta: De tres versos y seis tercios. Cante de mas tardía aparición (años 20), tomando como base un estilo de La Serneta. Este cante lo recuperó Antonio Mairena, aunque también se piensa que es otra de sus interesantes aportaciones personales.

Sin lugar a dudas, la faceta recreativa de Joaquín con el cante de Alcalá es una de las muestras más claras e interesantes de cómo evolucionar sin devaluar la integridad de este género. Un cante inacabado, aportando ingenio, personalidad y sapiencia, se puede rematar o recrearse en otro nuevo. Así crece el flamenco. En el siglo XXI se puede seguir creando y recreando, pero claro, de las cualidades anteriormente nombradas carecen la inmensa mayoría de los artistas de hoy. Al menos, no pasan hambre.




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