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Flamenco Antiguo: Gregorio Manuel Fernández Vargas, “Tío Borrico de Jerez”. (1910-1983)


Flamenco Antiguo: Gregorio Manuel Fernández Vargas, “Tío Borrico de Jerez”. (1910-1983)




Revista La Flamenca: Revista nº 12 / año 2005 Septiembre Octubre. Juan Mª de los Río
El Espíritu de la Tierra

Manuel-Fernandez-VargaGregorio Manuel Fernández Vargas “Tío Borrico” ( Jerez de la Frontera, 1910-1983), hijo de Fernando Fernández “El Tati” y sobrino de Juanichi el Manijero, pasó su infancia en el campo, lo que influiría posteriormente en su cante. Iba tan poco a Jerez que confiesa que se asustaba cuando oía el sonido de las campanas. Su padre trabajaba para José Domecq como manijero de las mujeres que realizaban la escarda. Precisamente el nombre de “El Borrico” le viene de una fiesta organizada por Juan Pedro Domecq, en la que, según el testimonio de Gregorio, al escuchar su cante, Alfonso Domecq y González exclamó: “¡Qué voz más bestia! ¡Qué barbaridad! ¡Qué voz más bruta y más borrica!”.

La jornada en el campo comenzaba a las siete de la mañana y no finalizaba hasta después de la puesta de sol. Unas veces su trabajo consistía en escardar habas, trigo, cebada; y otras, en trillar y en recoger los cardos. En invierno escardaba el trigo y la cebada, cogía las aceitunas. En verano, la tarea era segar, trillar, arrancar los cardos. Ganaba siete reales. Por la noche, se formaban reuniones en las que, con un poco de vino, uno cantaba, otro tocaba las palmas y otro bailaba: “Y salío del trabajo comprábamos una botella de vino entre dos o tres y cantábamos y bailábamos todos.”

Posteriormente fue gazpachero, encargado de llevar en un borrico unas angarillas -“aguaeras”- con seis cántaros de agua y una olla de garbanzos amarrada con sogas. El gazpachero, el manijero o uno de los muchachos tenían que repartir con un cazo los garbanzos, las papas o las habichuelas, en un lebrillo en el que comían ocho personas. No había bancos, ni sillas. Con la cuchara en la mano, cada cual cogía su pan y se lo metía debajo del brazo: “allí en pie, cuchará y paso atrás y pellizco de pan”.

Los que regresaban del campo a Jerez, cansados de trabajaban, aprovechaban para tomar un vasito de vino: “Venían reventaos de trabajar y mientras más cansaos venían, más pronto estaban cantando hasta que no iban a comerse los garbanzos y eso, a sus casas, y café migao.” Se reunían en tabancos, que era donde entonces se cantaba.

Según Tío Borrico, Juanichi y Frijones eran cantaores de mostrador, “cantaores de echar la peoná y luego irse a un tabanco a cantar y a beber vino”. Solían ir al tabanco de Antonia la Colorá, un tabanco muy grande que había en una casa de vecinos de la calle La Sangre, donde se juntaban El Tati , Juanichi el Manijero, Frijones, Antonio La Peña y Tío José de Paula. Allí se cantaba por soleá, siguiriyas, bulerías y bulerías pá escuchar. En los tabancos no había guitarras, pues ninguno sabía cantar con guitarra, sino que cantaban al estilo de golpe en el mostrador, haciendo su son con las manos: unos lo hacían con la palma; otros, con los nudillos.

Era Tío Borrico tan aficionado al cante que se escapaba a los bautizos para escuchar, entre otros, a Tío José de Paula, El Gloria o Cepero, que en ese momento no sabía siquiera quiénes eran. De su tío Juan Fernández Carrasco, “Juanichi el Manijero”, admiraba la siguiriya “Comparito mío Cuco”:

Comparito mío, Cuco,
díga usté a mi mare
cómo me veo en esta casapuerta
y arrevorcao en sangre.

Además de la siguiriya de Juanichi, estimaba las de Paco la Luz, de Tío José de Paula, de Manuel Torre, del Marrurro y de Juanito Mojama. Recordaba el cante por siguiriyas de Tío José de Paula:

Ay, cuando yo me muera,
te voy a dar un encargo:
que con las trenzas de tu pelo negro,
me amarren las manos.

De Frijones, de quien Tío Borrico dice que iba de tabanco en tabanco, de puerta en puerta, cantando solo, admiraba el cante por soleá corto. De los fandangos los que más apreciaba eran los de Manuel Torre, Cepero y El Gloria. A Cepero -dice- lo escuchó en la Alameda Vieja. También conoció a Chacón en la plaza de toros, donde lo oyó cantar, aunque, según Tío Borrico, ya estaba viejo. Y le gustaba igualmente el Chozas, sobre todo, por bulerías:

Ahí viene un sordao
mu bien armao
que viene de Portugal …

Pero de quien aprendió más fue de Juanichi el Manijero, que, para Gregorio, hacía el cante de Frijones limpio, puro:

Fatigas pasé
con el tren de mercancías
y Frijones de Jerez.
Tu mare es una judía
que a mí me ha tirao a la calle …

Un día, con diecinueve años, le dijo a su madre que iba a un bautizo, aunque en realidad fue a un cabaret, “La Espiga de Oro”, situado en los Cuatro Muleros. Allí se puso a cantar y esa noche ganó todo lo que no ganaba en todo el año trabajando en el campo. Tío Borrico dejó el campo definitivamente y se convirtió en artista, aconsejado por Luis de la Amaora, de quien recuerda uno de sus cantes:

A mí me llaman el loco
porque siempre voy callao,
llevarme poquito a poco
que soy un loco de cuidao.

Tío Gregorio apenas salió de Jerez, fue un cantaor de cortijos y ventas, de reuniones, como evoca el poema de Manuel Ríos Ruiz “Cante en la venta”:

Tío Borrico el Cantaor
sobre el mostrador divaga.
Un sol nocturno en la copa
le calienta la garganta.
La copla, fragua oculta,
yunque de cada palabra,
puebla de dolor la venta
y sale por la ventana.
¡El cante truena, lastima
a las estrellas del alba!
El señorito de turno
-borrachera atormentada-
le echa el brazo por encima,
pide más vino y cigalas.
Después en la amanecida,
sobre la fría rociada,
El Borrico va contando
el real de cada lágrima.

El cante que más le gustaba a Tío Borrico, como él mismo confiesa, es el cante por soleá. A su parecer, es el más difícil de hacer, mucho más difícil que el cante por siguiriya. Tío Gregorio explica que el cante por soleá “es ligao, de mayor a menor. En cambio, el cante por siguiriyas es de tercio: puedes dar vocinazos, pero te da tiempo a resollar. La soleá hay que ligarla.” El cante de Tío Gregorio no es refinado, salido de una garganta limpia. Es el cante de las entrañas, que no consiste en una melodía dulce, sino en un quejío que sale de lo más profundo del alma como un volcán en erupción. Es un cante negro o, como lo ha definido Manuel Ríos Ruiz, “bronco como un potro y negro como una piconá. Era el cante más gitano y bravío, un luto de arcaica música milenaria. El primitivismo hecho arte y conmoción.” Pero, sobre todo, su cante es terruñero, el espíritu de la tierra, ese “poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica”, que Federico García Lorca canta en su poema de la soleá:

Tierra seca,
tierra quieta
de noches
inmensas.

Tierra
vieja
del candil
y la pena.
Tierra de las hondas cisternas.
Tierra
de la muerte sin ojos
y las flechas.




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